¿Clinton o Trump? Hay quien dice que da igual y argumenta sobre el oscuro pasado de Clinton opacado por el hocico de Trump. Pero hay diferencias clave entre la hipocresía de una y el cinismo del otro: el discurso descaradamente fascista adquiere materialidad en un muro que ya estaba construido aunque no fuera de concreto. La xenofobia, el racismo, el sexismo y otras violencias que no tienen nombre son agenciados ahora con más fuerza por la legitimidad que les otorga el rostro del presidente Trump.
Este “contraataque” de la clase antes acomodada se deriva también de que ésta percibe su creciente precarización como producto de la inclusión de las minorías, como si fuera reprimida por ellas. Pero la raíz del empobrecimiento generalizado son las políticas neoliberales, avaladas por diversos regímenes de izquierda. Así, el discurso de Trump adquiere dimensiones disidentes para los sectores decepcionados de los gobiernos de “mano blanda” que, en realidad, sólo han soltado migajas a los movimientos minoritarios. Por otro lado, Clinton fue el rostro de un WALLstreet no muy alejado del temido muro.
¿Pero cuándo y cómo se instalaron los ladrillos que apilados se convirtieron en monstruo? ¿Qué mecanismos sostienen el muro? ¿Cuáles son las violencias que la corrección política no puede contener más? Pero también, ¿cómo llevar en colectivo los resultados electorales que vivimos como un duelo? ¿Cómo no someternos ante la imagen del muro? ¿Cuáles son las respuestas, como el Calexit, al interior y al exterior de las fronteras de Estados Unidos? ¿Cómo romper el paradigma de la hospitalidad con el “otro” para construir un nosotros plural?