El discurso de la marcha “Frente nacional por la familia” y las consecuencias políticas que se desprenden de ella.
«Mas siempre hacemos el amor con mundos. Y nuestro amor se dirige a esta propiedad libidinal del ser amado, de abrirse o cerrarse a mundos más vastos, masas y grandes conjuntos.» Félix Guattari y Gilles Deleuze.
Un niño nunca vive a sus padres en su persona individual, sino como agentes que remiten a todo un campo histórico-social, siempre conectados a otros referentes: padre-policía, madre-profesora, padre-delincuente, madre-prostituta. Al niño no le importa la familia en tanto tal, su erótica es transcultural y transindividual. La familia nunca es un microcosmos aislado de lo social: es tan sólo un transmisor de subjetividad que no tiene ninguna especificidad ni jerarquía respecto a los demás actores que intervienen en la vida del niño.
Cierto sector del psicoanálisis ha defendido el orden familiar tal como lo defienden los grupos conservadores que están por tomar las calles del país, bajo la misma justificación de preservar una supuesta ley natural (complejo de Edipo en psicoanálisis). Pero la familia, tal como la conocemos en nuestra época (familia nuclear), no tiene nada de natural: es una formación política, no muy antigua, a fin de imponer un orden social, económico y subjetivo.