Hemos hablado de monumentos que se erigen sobre cimientos de barbarie y de olvido, de las marcas que dejan la violencia de un narcotráfico vinculado con el Estado, del dolor que causan las vidas no realizadas, de la desesperación de vivir en un país donde los que se encargan de la justicia son los mismos que la corrompen, de la paradoja de un sistema mundial caótico que se presenta como preservador del orden.
En contraste, hemos dado cuenta de las subjetividades disidentes que franquean todos estos muros: narradores que recuperan la memoria colectiva para derribar los monumentos, prácticas analíticas que dan lugar a la escucha en un mundo donde la palabra ya no vale, artistas y periodistas que plasman los duelos y las luchas de quienes siguen de pie, poetas que juegan con la lengua para acabar con el tedio; en fin, grupúsculos que hacen política desde los afectos, desde los deseos, no para gobernar ni reformar el orden social, sino para vivir de formas inéditas.
Esta vez queremos volver a estos buenos encuentros para plantear que la política es el espacio de las pasiones comunes, y como tal siempre está conectada a la poesía, porque la razón no basta —nunca ha bastado— para darle lugar a lo que se experimenta en comunidad.