Con la imaginación podemos pensar en otro Estado, pero también fuera de él. Imaginar es tomar un elemento de un tiempo ficcional para traerlo aquí, modificando el ahora como los niños cuando juegan. En un fingimiento similar, la teatralidad nos permite inventar formas de hacer ahí donde parece que todo está dicho: vuelve inoperosas las funciones de los cuerpos de manera que estos hagan algo distinto.
Las prácticas de la imaginación juegan con la memoria en una danza de temporalidades. Se inventan biografías colectivas para personas ausentes, cambiando sus pasados pero también sus futuros. Se interrogan. Se preguntan por las formas actuales de organización, como la familia, para poner en escena y en práctica nuevas formas de convivir y de relacionarnos.
En un mundo donde parece que pocos son dueños del destino de muchos, ¿qué podemos hacer con la imaginación para apropiarnos no sólo de nuestro futuro, sino del presente? Y en ese constituyente que nos podemos imaginar, ¿qué pasa si la imaginación no sólo funda, sino que desfunda? ¿Cómo articular nuestros deseos para cambiar de acto como en el teatro y pasar a otra cosa?