Ana tenía todas las razones del mundo para vivir angustiada: no tenía hijos y, en aquella época, eso era considerado como la peor maldición para una mujer, Por si fuera poco, su marido tenía otra mujer que, además, se burlaba de ella. El único consuelo que tenía Ana era venir a la presencia de Dios y llorar, desnudar su corazón delante del Creador y esperar.