Ya nos alertaba Caroline Emcke que en relación al odio teníamos que estar pendiente de dos situaciones, aquel ciudadano que emite públicamente su odio y el político que también vocifera su ideas de odio ya sea contra otro político, una comunidad o cualquier otra colectividad, porque siempre es en plural, ambos lanzan sus ataques de manera impersonal y generalizada, nunca sobre un agente particular y un agravio específico, si bien es evidente que el impacto que ellos generan es diferente, ambos promueven una especie de malestar social, ante esa situación nos ocuparemos del discurso público del odio del político en tanto es el que mayores efectos puede generar y sobre el cual no habría justificación, pues no es propio del poder político usar la violencia como una suplente del ejercicio argumentado del discurso.