Es la metamorfosis ontológica esencial entre el
fuego y la tierra. El ser consagrado al agua es un
ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo
de su sustancia se derrumba. La muerte cotidiana
no es la muerte exuberante del fuego que atraviesa
el cielo con sus flechas; la muerte cotidiana es la
muerte del agua.