En el antiguo Oriente se mira a la tormenta como manifestación de un dios (Baal en Canaán). Esta manifestación presenta tres caracteres. La tormenta, despliegue de fuerzas cósmicas, ante las que el hombre no puede nada, revela la majestad terrorífica del dios. Como fenómeno peligroso para el hombre, es un signo de cólera: el dios, oculto en la nube, da una voz contra sus enemigos (= trueno) y lanza contra ellos sus flechas (= relámpagos) Sal 18,6-16. Finalmente la tormenta, acarreando la lluvia fertilizante, muestra en el dios la fuente de la fecundidad