Tomás le llamó a Cristo "Señor mío y Dios mío", como nadie lo había hecho antes. Jesús, finalmente, hace una promesa que es para toda la humanidad, hasta el fin de los tiempos: "Bienaventurados los que, aunque no hayan visto, creen".
Se entiende que Tomás no era muy culto, pero ciertamente lo compensó con el inmenso amor que sentía por Jesús. Según la tradición, le tocó a él evangelizar Siria y luego la ciudad de Edesa, desde donde se trasladó para fundar la primera comunidad cristiana de Babilonia, en Mesopotamia, donde permaneció durante siete años, cuando se embarcó para la India y desde Muziris, donde ya existe una próspera comunidad judía que en poco tiempo se hizo cristiana, viajó por todo el país hasta llegar a China, impulsado siempre y sólo por amor al Evangelio. De vuelta en la India, tuvo una muerte de mártir, atravesado por una lanza en la actual Chennai, el 3 de julio del año 72.