En «El cabrito» (publicado por @lapolleraediciones) el periodista y escritor, Juan Luis Salinas, fue invitado a escribir sobre su experiencia de crecer en Punitaqui, localidad ubicada a treinta kilómetros de Ovalle. Su respuesta fue clara: quería contar cómo era ser un niño gay en un pueblo pequeño durante los años 80.
La memoria es engañosa: altera y mezcla los recuerdos, por ello Salinas regresa a Punitaqui y contacta a numerosas fuentes para contrastar y reconstruir de manera lo más fiel posible aquél pasado que no se reduce a pobreza o precariedad. “Está la memoria, están los recuerdos, los falsos recuerdos, lo que uno cree que fue real, personas que uno pensaba que estaban. Tuve que separarme del periodista, pero tampoco dejarlo atrás. Pude haberme sentado y escribir lo que recordaba, pero sentía que no estaba siéndole fiel al periodista (…) Yo si no tengo certeza no escribo, es como un TOC”, mencionó.
Salinas escribe en tercera persona, dividiendo la voz narrativa entre “el niño”, que vive y sufre, y “el hombre”, que recuerda, escribe y reflexiona cuarenta años después. ¿Es una crónica de no ficción? “No son memorias. Al no hablar del yo, no hablar desde mi perspectiva y separarme, disociarme de alguna forma, alejarme de mí para escribir de mí, suena súper raro. Eso ya pasa a ser novela, autoficción no me suena, yo inventaría un término como ´auto no ficción´’’, apuntó.
Luego de reconstruir esa infancia, con distancia y sensibilidad, el autor es tajante: “Este libro no es para pasar factura, no es para sanar, es para contar algo, más allá de cualquier otra cosa, es para educar. Para decir: esto pasó, eso sigue pasando. Le pusimos bullying, aceptamos supuestamente a las diversidades, debemos ser tolerantes, pero en la práctica no lo somos. Esa cultura del depredador y la presa todavía existe”.