Maria Zambrano ve la última luz del ocaso madrileño como una cicatriz
sobre los tejados de la gran ciudad. Una cicatriz verdosa y dorada a un tiempo que es como el resumen de toda la luz, de toda su vida. «Esa
luz, esa luz» ... , repiten sus labios. En esta tarde ardorosa de primeros de mayo la vida de Mana Zambrano se mantiene -como la cuerda de un arco- tensa y lúcida entre dos extremos: el de esa luz última del ocaso y el de unas fotografías de su primera edad, que descansan a su lado, sobre una mesa, junto a la taza de té; fotos que ella remueve y selecciona, de vez en cuando, con las yemas de
sus dedos, delicadamente. Indolente, sabiéndose en el fabuloso barco fluvial, decide contestar nuestra llamada telefónica y hablar con nosotros de lo que no puede ser dicho con palabras.
Gracias a la actriz Natalía Fisac por prestar su respiración a María y a Antonio Colinas por su trabajo y búsqueda.