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Es normal sentir tristeza y desánimo, pero no es bueno cuando nos sumimos en éstas sin un cambio positivo en la actitud. Pablo ayudó a la iglesia en Tesalónica la cual estaba en demasiada tristeza por los que ya habían partido, y lo hizo al exponerles el mensaje Divino de la glorificación, la esperanza de vida eterna con Cristo en los cielos.
Para el apóstol Pablo, predicar el evangelio era de suma importancia, porque entendió que era necesario para dar a conocer a Jesús y la esperanza de vida eterna en Él, de allí que lo hacía con fidelidad, seriedad y sinceridad. En su segunda carta a los corintios él expone de la esperanza por el ministerio de la justificación o evangelización.
Perder la esperanza es lo mismo que desesperarse, lo que suele pasar cuando uno se encuentra en dificultad. No obstante, es posible conservar la esperanza en Dios a pesar de los problemas, como David, quien, a pesar de los peligros, reconoció que fuera de Dios no hay bien, enseñándonos que sólo en Dios está la mejor esperanza.
Tener la esperanza Divina es una gran bendición, de allí que la Biblia la identifique como la esperanza bienaventurada, pero también le demanda al creyente gran responsabilidad cristiana. Esta responsabilidad no se asume como una contraprestación a la esperanza en Dios, sino como lo que implica tenerla.
En una época donde la virtualidad ha tomado tanta fuerza, no debemos olvidar desarrollar una relación real con Dios.
¿Qué evidencia en la vida cristiana aquel que pierde su esperanza en Dios? Se dice que lo último que se pierde es la esperanza, pero cuando esto sucede en los que esperan en Dios y en su salvación, pierden mucho más, como el buen ánimo en su comunión con Dios, la certeza de su salvación y las ganas de servir en la obra de Dios. Sin esperanza, el creyente se debilita, pero los que permanecen en ella, se fortalecen
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