En la segunda venida de Cristo, el creyente será glorificado, Dios le dará una nueva naturaleza incorruptible, apta para estar delante de la presencia de nuestro Dios tres veces santo. Esto es importante, porque los mensajetos que Dios utilizó a lo largo de la palabra son santos, puros, y sin pecado. Sin embargo, hemos visto que Agar, Abraham, Lot, Jacob, Balam, Gedeón, Manoa, Elías, Daniel, Zacarías, José, María, los pastores, las mujeres en el sepulcro, etc. Ellos pudieron interactuar con ellos a pesar de ser puros. Pero el hombre no puede estar delante de la presencia de Dios que es tres veces santo. Necesitamos que Dios nos glorifique para estar delante de Él.
Muertos o vivos, al sonar la trompeta, en un instante estaremos transformados, glorificados, sin la corrupción de la carne y nuestra mente, santificados totalmente. Debe ser así porque nuestro estado de corrupción no es apto para estar en la presencia de Dios.
No seremos transformados para ser mejores, seremos santificados para ser aptos. En la vida con Dios no hay corrupción ni mortandad. Una obra completa que transformará al creyente y derrotará al pecado. Esta acción de Dios al resucitar a los creyentes y transformarlos, la muerte será derrotada de forma final y triunfal.
Los hermanos en Corinto, al igual que nosotros no debían permitir que la cultura en la que vivían los persuadiera, corrompiera ni desviara de la obra de Dios. No debemos dejarnos llevar por el pensamiento de cualquier persona o sistema que no tenga a Cristo. Su conocimiento doctrinal de las verdades del evangelio los debía mantener formes; y a su vez el servicio en la obra del Señor. El creyente no debe dejar de conocer a Dios ni de servirle. El conocimiento y el trabajo de nuestro Dios no debe de cesar hasta que Cristo venga.