Mientras los falsos apóstoles se glorían en aquello que el mundo admira, Pablo se gloría en aquello que el mundo ni siquiera reconoce o incluso desprecia. Las verdaderas marcas de un siervo de Cristo no son los aplausos que recibe, son otro tipo de marcas, las cicatrices que ha adquirido por permanecer fiel al evangelio.
El problema de los corintios y de muchas iglesias en la actualidad es que estaban evaluando a los líderes con criterios humanos: apariencia, elocuencia, prestigio y éxito. Eso es "jactarse según la carne", es decir, usar estándares mundanales en lugar de estándares bíblicos.
El sufrimiento más profundo de un verdadero siervo no siempre proviene de la persecución, sino del amor por la iglesia. Cuando un creyente se debilita, él sufre con él; cuando uno tropieza, su corazón arde de dolor porque sabe que Cristo ama a esa oveja. Esa es la diferencia entre un falso líder y un verdadero siervo de Cristo: el falso utiliza a las personas para construir su ministerio; el verdadero, entrega su vida para edificar a las personas.
Las cicatrices del evangelio no hablan de hombres extraordinarios, sino de un Dios extraordinario que sostiene a siervos débiles que no son preservados por su fuerza, sino que perseveran en la fidelidad de Dios.
Las cicatrices demuestras que un Dios nos preservó, nos perdonó, nos sanó y nos fortalece para seguir fieles en su obra.