La justicia de Dios es la expresión perfecta de su santidad, rectitud y fidelidad. Él juzga con imparcialidad, sin corrupción ni favoritismo, y siempre actúa conforme a la verdad. Su justicia no es solo retributiva, es decir para castigar el pecado, sino también restauradora, ofreciendo redención a través de Cristo. En ella se revela que Dios no pasa por alto el mal, pero tampoco se complace en la condena: su justicia y su misericordia, se muestran en la cruz, el castigo que merecíamos fue llevado por Jesús, para que los creyentes sean justificados por gracia. Así, la justicia divina no solo condena el pecado, sino que glorifica a Dios al salvar pecadores sin comprometer su santidad.