El Hijo de Dios, Dios mismo vino al mundo para cumplir el plan divino de redención, muriendo por nuestros pecados, resucitando victorioso y sentándose a la diestra del Padre como nuestro intercesor. En Él somos justificados, libres de toda acusación, y llamados a permanecer unidos a Él para dar fruto en el Espíritu. A través de Su encarnación, muerte, resurrección y continua intercesión, Cristo aseguró para los suyos una salvación perfecta e irrevocable. Y así como la gracia soberana nos unió a Él, también es Su misma gracia la que nos capacita para permanecer en Él.