Ser mujer en las FARC no era una excepción: era una contradicción. Alexa Rochi lo supo desde el primer día que entró al campamento con 15 años, huyendo no del Estado, sino de su padre. Mientras empuñaba un fusil, debía también inyectarse anticonceptivos por orden; mientras se formaba como combatiente, debía ocultar su deseo por otras mujeres para no ser castigada por “desviada”. La guerra tenía una estructura masculina y vertical, incluso cuando miles de mujeres sostenían la retaguardia, la logística y la vida. Esta es la historia de una de ellas. No desde la teoría. Desde la carne, el miedo, la memoria.