Aprendí a recoger las piezas de mi alma rota y a pegarlas, transformarlas en la persona que soy hoy, a no avergonzarme de mis cicatrices, porque son recuerdos de las luchas que libré, y como bien dicen, un tigre jamás se avergüenza de sus rayas.
Aprendí que un trastorno no te define, por el contrario, te ayuda a volverte más fuerte, te entrena para poder lidiar tus batallas, y te prepara para ganar guerras.
Que la mejor terapia es hacer lo que amas, pues alimenta tu espíritu y engrandece tu alma.
Aprendí que el miedo te frena, te pisotea y te destroza, pero que ese miedo solo vive en tu cabeza, tú tienes poder sobre él y solo tú puedes vencerlo. Que cuesta salir de tu zona de confort y que perdemos muchas cosas por miedo a perder.