Qué hermoso intercambio: por un lado, la postura del leproso que se arrodilla, tocando el suelo desnudo; por el otro, el de Jesús que se agacha y se inclina hacia él y le tiende la mano. Por un lado, una súplica frágil, una voz débil, un tono bajo y humilde: si quieres me puedes curar. Por el otro, la autoridad, la Palabra cierta, el poder de curar. Así suceden los milagros: la humildad y la confianza son indispensables.