La melancolía retorció una pequeña zona de su pecho, obligándolo a mirar las
fotografías una vez más. Su esposa, su hija y él, eran ahora una imagen ajena, la
broma de un pasado que se aferraba salvajemente a seguir con vida. La niña en
la foto enseñaba la lengua mientras sus mejillas recibían dos besos simultáneos,
amorosos, eternos. El hombre cerró los ojos y su memoria destrozó la
habitación. Ahora lo entendía: el día que murió su hija, él y su esposa también lo
hicieron. Cada uno de manera particular.