Con este sugerente título, Isaac Asimov publicó en 1956 un cuento premonitorio de los derroteros de la civilización en la segunda mitad del siglo XX y el ritmo acelerado del siglo XXI. El autor nos dice que se ha descubierto una máquina, el cronoscopio, para estudiar el pasado y los historiadores lo desean como herramienta de investigación, pero que el Estado controla su uso. Todo salta cuando la patente se abre y se pueden fabricar cronoscopios para uso privado y generalizado. En las páginas finales uno de los personajes dice: "...no sé qué clase de mundo tendremos de ahora en adelante. No puedo decirlo. En todo caso, es seguro que el mundo que conocimos ha quedado destruido por completo. Hasta ahora, toda costumbre, todo hábito, hasta el más minúsculo sistema de vida tenía garantizada cierta reserva, cierto aislamiento... Todo eso se ha desvanecido". Hace setenta años era ciencia ficción, hoy sabemos muy bien a qué se refiere el personaje de Asimov. Podemos decir que no solamente el pasado ha muerto, sino que sólo existe el presente. Lo inmediato. El mensaje, la información llega instantánea a nuestro bolsillo, a nuestra mano las más de las veces, porque ya tenemos el cronoscopio siempre conectado y casi siempre a la vista, para alterar nuestra vida, la personal y la colectiva. Que se lo digan a los políticos profesionales, que hace unos años desayunaban amargamente con el resumen de prensa y ahora viven en el sobresalto permanente del sonido del mensaje en el móvil. Sólo existe el ahora mismo.