Cuando reprimes al pueblo, de donde emana el poder, a las voces críticas e incluso a la Iglesia Católica, es un síntoma de debilidad. La mejor vía es el diálogo, el debate políticos, el debate de las ideas. Pero, al parecer, Daniel Ortega, no comulga con esta vía, sino que prefiere la política de la imposición, propia de regímenes autoritarios. Esto está conduciendo a crear un clima enrarecido en la sociedad nicaragüense y ante lo cual han reaccionado su excompañeros guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, intelectuales, periodistas, estudiantes universitarios, sacerdote diocesanos y más de algún sacerdote religioso y algunos empresarios. Imponer formas o estilos de gobiernos que han sido un fracaso tanto a nivel social, político como económico, es ir en contra a estadios de bienestar y de progreso y desarrollo. Y eso el pueblo lo sabe.