La Traviata

La Traviata

By Margarita Lorenzo de ReizabalArts
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La Traviata episodes

  • ¡Menudas mujeres! Las grandes damas de la zarzuela
    Hoy vamos a cambiar de escenario. Dejamos por un momento los grandes teatros de ópera europeos, las tragedias de Verdi, las pasiones de Puccini y los dramas de Wagner, para acercarnos a un género que forma parte de nuestro patrimonio musical y teatral: la zarzuela.
    Y vamos a hacerlo de la mano de sus mujeres. Porque si hay algo que no falta en la zarzuela son personajes femeninos con carácter. Mujeres que aman, que se enfadan, que desafían las convenciones, que utilizan el ingenio para    conseguir lo que desean y que, en ocasiones, deben enfrentarse a una sociedad que no les permite decidir libremente sobre su propia vida.
    La zarzuela nos ofrece una galería femenina extraordinariamente variada. Encontramos a las muchachas descaradas del Madrid castizo, a las jóvenes enamoradas que saben manejar los celos masculinos, a las mujeres del mundo rural sometidas a las presiones familiares y a las protagonistas de grandes dramas sentimentales. Algunas provocan nuestra sonrisa; otras nos conmueven profundamente.
    Y lo interesante es que estas mujeres no solamente están definidas por sus argumentos. También lo están por su música. Los compositores supieron encontrar un lenguaje particular para cada una de ellas: desde los ritmos populares y las melodías desenfadadas del género chico hasta las grandes expansiones líricas de las zarzuelas del siglo XX, en las que la escritura vocal y orquestal alcanza una notable complejidad.
    A lo largo del programa vamos a recorrer distintas épocas y estilos, desde finales del siglo XIX hasta las décadas centrales del XX, escuchando a siete mujeres que representan otras tantas maneras de entender el amor, la independencia, los celos y las relaciones humanas.
    Y, naturalmente, aprovecharemos para recordar algunas de las páginas más hermosas de nuestro teatro lírico, un repertorio que merece ocupar un lugar mucho más destacado en la programación musical de nuestros días.
    OBRAS:
    1. Ruperto Chapí (1851-1909): La revoltosa — Dúo de Mari Pepa y Felipe
    2. Tomás Bretón (1850-1923): La verbena de la Paloma — Susana, una mujer que no acepta imposiciones
    3 . Gerónimo Giménez (1854-1923): La tempranica — María, el amor frente a las diferencias sociales
    1. Amadeo Vives (1871-1932): Doña Francisquita — Una mujer que sabe lo que quiere
    2. 5. Jacinto Guerrero (1895-1951): Los gavilanes — Rosaura, entre el amor y el sacrificio
      6. Pablo Sorozábal (1897-1988): La tabernera del puerto — Marola, una mujer frente a los prejuicios
      7. Federico Moreno Torroba (1891-1982): Luisa Fernanda — Entre el amor y la dignidad
      58 min
    3. Cartas que cambian destinos. Del amor al juego en la ópera

      Hoy vamos a hablar de cartas. Sí, de cartas. De esas que se escribían a mano, se doblaban cuidadosamente, se introducían en un sobre y emprendían un viaje que podía durar días, semanas o incluso meses. Cartas de amor, de despedida, de confesión, de amenaza o de engaño. Cartas que se esperaban con impaciencia, que se leían una y otra vez, que se escondían en un cajón o que terminaban destruidas entre lágrimas.

      Pero también hablaremos de otras cartas, las que se barajan, se reparten y se colocan sobre una mesa de juego. Esas que, en determinadas circunstancias, pueden valer una fortuna, provocar una ruina o incluso decidir sobre la vida y la muerte.

      Y es que, aunque parezcan objetos modestos, las cartas han desempeñado un papel extraordinario en la historia de la ópera. A veces basta una hoja de papel para desencadenar una tragedia. Otras veces, unas cuantas cartas de la baraja son suficientes para revelar el carácter de un personaje, poner al descubierto sus obsesiones o precipitar su destino.

      Pensemos por un momento en el mundo anterior al teléfono, al correo electrónico y a los mensajes instantáneos. Durante siglos, escribir una carta era una de las pocas maneras de comunicar sentimientos que no podían expresarse personalmente. Una declaración amorosa podía exigir días de reflexión antes de quedar plasmada sobre el papel. Y una vez enviada, ya no había manera de recuperarla. El destinatario podía responder, guardar silencio, rechazarla o, peor todavía, permitir que llegara a manos de alguien que jamás debería haberla leído.

      Los libretistas de ópera comprendieron muy pronto las posibilidades teatrales de este recurso. Una carta permite introducir información que algunos personajes conocen y otros ignoran. Puede provocar un malentendido, desenmascarar una mentira, despertar unos celos o revelar un secreto. Y todo ello sin necesidad de grandes acontecimientos escénicos. Basta con que alguien abra un sobre y comience a leer.

      Pero hay algo todavía más interesante: la música puede contarnos lo que las palabras escritas no dicen.

      Cuando un personaje lee una carta, el compositor tiene la posibilidad de mostrarnos simultáneamente el contenido del mensaje y la reacción emocional de quien lo recibe. Una melodía puede expresar esperanza mientras la orquesta anuncia una desgracia. Una armonía inesperada puede revelar el miedo que el personaje intenta ocultar. Y un silencio puede resultar más elocuente que cualquier declaración.

      En ocasiones, incluso asistimos al proceso de escribir la carta. Es lo que sucede en una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura operística, cuando una joven enamorada intenta encontrar las palabras adecuadas para confesar sus sentimientos. La pluma se detiene, las frases se interrumpen, la emoción desborda a quien escribe… y la música convierte esa intimidad en una experiencia compartida con todo el teatro.

      Naturalmente, no todas las cartas operísticas son tan sinceras. Algunas contienen mentiras cuidadosamente elaboradas. Otras se escriben con la intención de engañar a alguien, y hay personajes tan poco imaginativos que llegan a enviar exactamente la misma declaración amorosa a dos mujeres diferentes. Como pueden imaginar, semejante imprudencia no suele terminar demasiado bien para el remitente.

      Pero hoy vamos a dar un paso más, porque la palabra carta nos permitirá entrar también en el mundo del azar, de las apuestas y de la superstición.

      Las cartas de la baraja poseen una capacidad dramática muy particular: introducen la incertidumbre. Nadie sabe con seguridad qué carta aparecerá, qué combinación tendrá el adversario o cuál será el resultado de la siguiente jugada. Y esa incertidumbre, que en una partida corriente puede resultar simplemente entretenida, adquiere una intensidad extraordinaria cuando lo que está en juego es el amor, la libertad o la propia existencia.

      Algunos compositores han utilizado las cartas como símbolo del destino. En sus óperas, los personajes creen descubrir en ellas un futuro que parece inevitable. Otros, por el contrario, intentan dominar el azar, convencidos de que existe algún secreto capaz de garantizarles la victoria. Y también encontraremos a quien, cuando comprende que las reglas del juego conducen a la derrota, decide cambiarlas discretamente en su propio beneficio.

      Mozart, Verdi, Chaikovski, Massenet, Bizet y Puccini serán nuestros compañeros de viaje en este recorrido. Siete escenas, siete situaciones muy diferentes y un elemento común: unas cartas que, de una manera u otra, alteran el curso de los acontecimientos.

      Comenzaremos con una carta que nace de una conspiración amorosa, en una de las comedias más inteligentes y deliciosas de Mozart. Después descubriremos que ciertos caballeros deberían prestar más atención a su correspondencia antes de enviarla. Nos emocionaremos con las palabras de una joven que se atreve a confesar su amor y con las de un hombre cuya ausencia se hace insoportable. Y, poco a poco, las cartas escritas dejarán paso a las cartas de la baraja, hasta llegar a una partida en la que una mujer se juega algo infinitamente más valioso que el dinero.

      Porque en la ópera, amigas y amigos, una carta nunca es simplemente una carta. Puede ser una promesa, una traición, una esperanza, una sentencia o una última oportunidad. Y hoy vamos a comprobar que, tanto si se escribe con tinta como si se sostiene entre los dedos de un jugador, una carta puede cambiar absolutamente todo.

      58 min
    4. Los malos en la ópera

      Hoy vamos a hablar de unos personajes que, aunque no siempre nos resulten simpáticos, son absolutamente imprescindibles para que muchas de las grandes historias del teatro lírico funcionen. Me refiero a los malos de la ópera. Esos individuos capaces de mentir, traicionar, manipular, perseguir e incluso asesinar para conseguir sus propósitos. Personajes que, en la vida real, procuraríamos tener lo más lejos posible, pero que, cuando aparecen sobre un escenario, pueden llegar a fascinarnos.

      Y es que la ópera, como el teatro y la literatura, necesita conflictos. Necesita personajes que se enfrenten, intereses contrapuestos, pasiones que choquen entre sí y situaciones que pongan a prueba los sentimientos humanos. Y en ese universo dramático, los villanos desempeñan con frecuencia un papel fundamental. Sin ellos, muchas de las grandes tragedias operísticas sencillamente no existirían, o al menos no serían como las conocemos.

      Pensemos, por ejemplo, en Tosca. ¿Qué sería de la historia de amor entre Tosca y Cavaradossi sin la intervención del perverso Scarpia? Probablemente, una historia mucho más feliz, pero también bastante menos dramática. O imaginemos el Otello de Verdi sin Yago, ese personaje que consigue destruir un matrimonio y provocar una tragedia mediante una sucesión de mentiras cuidadosamente calculadas. En ambos casos, el villano no es un personaje secundario que se limita a complicar las cosas: es el verdadero motor de la acción.

      Pero hay algo especialmente interesante en los malos de la ópera, y es que no todos son iguales. Algunos ejercen la maldad desde el poder, convencidos de que su posición les permite disponer de la vida de los demás. Otros se dejan arrastrar por la ambición, los celos o el deseo de venganza. Los hay que disfrutan causando sufrimiento y también quienes, para salvarse a sí mismos, están dispuestos a sacrificar a cualquiera que se cruce en su camino. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de los personajes diabólicos, esos seres sobrenaturales que encarnan la tentación y la capacidad de corromper al ser humano.

      Lo verdaderamente extraordinario es la manera en que los compositores han sabido traducir todos esos comportamientos a un lenguaje musical. Porque en la ópera la maldad no solamente se representa mediante las palabras o las acciones: también se escucha. Puede manifestarse en una armonía inquietante, en un ritmo obsesivo, en una melodía amenazadora o en una orquestación que parece anunciar una catástrofe. En ocasiones, basta con que un personaje aparezca acompañado por determinados acordes para que comprendamos inmediatamente que algo terrible está a punto de suceder.

      Y, sin embargo, no siempre la música de los villanos resulta oscura o amenazadora. Algunos cantan páginas de una belleza extraordinaria. Otros despliegan una energía irresistible, una brillantez vocal o una capacidad de seducción que nos obliga a reconocer una curiosa paradoja: podemos detestar profundamente a un personaje y, al mismo tiempo, disfrutar enormemente escuchándolo cantar.

      Hay además una circunstancia que merece la pena recordar. Muchos de los grandes villanos de la ópera están escritos para voces graves, especialmente barítonos y bajos. No se trata de una regla absoluta, pero sí de una tendencia bastante reconocible en el repertorio. Frente al tenor que suele encarnar al enamorado o al héroe romántico, el barítono aparece con frecuencia asociado a personajes de autoridad, rivales, padres severos y, por supuesto, antagonistas. Esa profundidad vocal puede transmitir poder, amenaza, misterio o una inquietante sensación de dominio.

      Nuestro recorrido de hoy nos llevará por distintas épocas, países y estilos musicales. Conoceremos a un gobernador corrupto dispuesto a cometer un asesinato para ocultar sus crímenes; a un hombre que intenta salvar su alma entregando otra al diablo; a un espíritu infernal que se divierte tentando a los mortales; y a varios personajes cuya ambición, crueldad o capacidad de manipulación desencadenan algunas de las tragedias más célebres de la historia de la ópera.

      Escucharemos música de Beethoven, Weber, Gounod, Verdi, Ponchielli y Puccini. Seis compositores muy diferentes que nos permitirán descubrir otras tantas maneras de construir musicalmente a un villano.

       
      59 min
    5. OBERTURAS Y PRELUDIOS DE ÓPERA
      Hay músicas que no necesitan esperar a que aparezcan los personajes para empezar a contar una historia. El público ocupa su localidad, se apagan las luces, el murmullo de la sala desaparece y, cuando todavía no se ha pronunciado una sola palabra sobre el escenario, la orquesta toma la palabra. A veces lo hace con solemnidad; otras, con una explosión de energía; puede presentarnos el ambiente en el que va a desarrollarse la acción, anticipar algunos de los temas musicales que escucharemos después o incluso advertirnos, sin que todavía podamos saberlo, de cómo terminará todo. Oberturas y preludios han sido durante siglos mucho más que una música destinada a anunciar que la función comienza.
      Y aunque utilizamos ambos términos con cierta familiaridad, obertura y preludio no significan exactamente lo mismo. La obertura adquirió históricamente una entidad considerable como pieza instrumental de apertura y llegó a desarrollar formas y tradiciones propias. Pensemos en la obertura italiana de los siglos XVII y XVIII, generalmente articulada en secciones rápido-lento-rápido, o en la obertura francesa asociada a Lully, con su característica alternancia entre una introducción solemne y una sección más rápida. Con el tiempo, especialmente a partir de Mozart y, sobre todo, durante el Romanticismo, la obertura fue estrechando su relación con el drama: dejó de ser únicamente una pieza que precedía a la representación para convertirse muchas veces en una auténtica puerta de entrada a su mundo emocional y argumental.
      El preludio suele ser más breve y, en muchas óperas del siglo XIX, aparece todavía más íntimamente ligado a lo que viene después. No pretende necesariamente funcionar como una composición autónoma: puede crear una atmósfera, presentar una idea musical, preparar psicológicamente una escena y conducirnos hacia ella casi sin que percibamos dónde termina la introducción y dónde empieza propiamente el drama. Naturalmente, las fronteras no son rígidas, y los compositores hicieron con estos géneros exactamente lo que suelen hacer los grandes creadores con las etiquetas: utilizarlas cuando les servían y desbordarlas cuando necesitaban otra cosa.
      Hoy en La Traviata vamos a escuchar seis maneras muy diferentes de abrir una ópera: Juan Crisóstomo Arriaga, Rossini, Weber, Wagner, Smetana y Mascagni.
      57 min
    6. CUANDO EL TENOR MUERE EN LA ÓPERA (Y LA SOPRANO LE SOBREVIVE)
      En la ópera se muere muchísimo. Se muere de tuberculosis, de puñalada, de veneno, de un disparo, bajo la cuchilla de la guillotina, ante un pelotón de fusilamiento y, cuando ninguna de estas posibilidades parece suficientemente dramática, siempre queda arrojarse desde algún lugar elevado. Los libretistas han demostrado una imaginación verdaderamente notable a la hora de eliminar personajes.
      Las sopranos saben mucho de esto: Violetta, Mimì, Tosca, Butterfly, Leonora, Gilda, Aida, Manon... Pero hoy nuestros protagonistas son los tenores.
      Y hay algo fascinante en sus muertes: en la ópera, cuanto más cerca está un personaje de dejar de existir, más importante se vuelve su voz. La música modifica nuestra percepción del tiempo y lo que en la vida real duraría unos segundos puede expandirse durante varios minutos. El personaje recuerda, confiesa, perdona, acusa, se arrepiente o acepta su destino y el compositor encuentra así una oportunidad privilegiada para mostrarnos quién era realmente.
      Hoy tendremos ejecuciones, asesinatos, suicidios, condenas políticas y hasta una muerte que cambió cuando el compositor revisó su propia obra. Porque no todos los tenores saben morir de la misma manera.
      58 min
    7. La música y la fiesta
      Hay cosas que los seres humanos podemos hacer solos y otras que parecen haber sido inventadas para hacerlas juntos. Podemos leer solos, caminar solos, pensar solos e incluso, aunque resulte algo triste, brindar solos. Pero resulta difícil imaginar una fiesta completamente solitaria. Porque la fiesta necesita a los otros. Necesita encuentro, movimiento, ruido, expectación y, desde tiempos muy antiguos, necesita música.
      Bienvenidos una semana más a ¡Música, Maestra!. Hoy hemos venido a celebrar. Y no hace falta que sea nuestro cumpleaños, ni que nos haya tocado la lotería, ni siquiera que tengamos una razón concreta para hacerlo, porque vamos a dedicar nuestro programa a una compañera inseparable de las celebraciones humanas: la música de fiesta. Y fíjense en que he dicho música de fiesta, no simplemente música alegre. Porque no es lo mismo. Hay músicas alegres que jamás estuvieron destinadas a una celebración y hay fiestas cuya música puede contener también solemnidad, nostalgia e incluso tristeza. Lo interesante es que prácticamente todas las culturas han utilizado sonidos organizados para señalar esos momentos en los que la vida cotidiana se interrumpe y sucede algo diferente: una boda, una coronación, una feria, un carnaval, una procesión, una fiesta patronal, un desfile, una victoria, una reunión alrededor del fuego...
      Quizá porque la fiesta cumple una función mucho más profunda que la de pasarlo bien. El antropólogo Émile Durkheim habló de una especie de efervescencia colectiva que se produce cuando un grupo comparte intensamente una misma experiencia. Y la investigación contemporánea sobre música y comportamiento social ha ido mostrando algo fascinante: cuando varias personas cantan, bailan o simplemente se mueven siguiendo un mismo pulso, no solo están haciendo lo mismo al mismo tiempo; aumenta su percepción de conexión con los demás. Sincronizarnos nos une.
      Hoy viajamos de fiesta en fiesta a través de la historia: Londres, 1749 con los festejos con fuegos artificiales de Händel; pasodoble torero para celebrar la fiesta taurina (Santiago Lope, 1904); música festiva para combatir la picadura de una tarántula (Italia); música klezmer para una boda judía en Europa central y oriental; la "apoteosis de la danza" (Beethoven, 7ª sinfonía, IV movimiento); una fiesta de carnaval (del ballet Petrushka, Stravinsky); música "second line" de un desfile festivo en Nueva Orleans a ritmo de blues; y nos despedimos a ritmo de danzón mexicano (Arturo Márquez, 1994).
      56 min
    8. ÓPERA PARA QUIENES DICEN QUE NO LES GUSTA LA ÓPERA

      Después de la pausa del verano regresamos a nuestra cita con la ópera y lo hacemos hoy con un pequeño desafío. Porque este primer programa de la nueva temporada está especialmente dedicado a quienes, cuando escuchan la palabra ópera, responden inmediatamente: «A mí la ópera no me gusta». No se preocupen. No vamos a intentar convencerles. Bueno… quizá un poco.

      Porque hay algo bastante curioso en esa afirmación. Muchas personas que están absolutamente seguras de que no les gusta la ópera conocen fragmentos de Carmen, han escuchado alguna vez «Nessun dorma», reconocen inmediatamente «La donna è mobile», saben cómo empieza el brindis de La traviata y probablemente han oído el coro de Nabucco en películas, anuncios, acontecimientos deportivos o programas de televisión. Es decir, quizá no frecuentan los teatros de ópera, quizá nunca han escuchado una ópera completa y quizá incluso sienten cierta prevención ante un espectáculo en el que los personajes cantan durante tres horas en italiano, francés o alemán. Pero la ópera, sin que ellos lo sepan, lleva acompañándolos buena parte de su vida.

      Así que hoy vamos a hacer un experimento. Durante el programa de hoy recorreremos algunas de esas páginas que consiguieron escapar del teatro y adquirir una segunda vida fuera de él. Pero no vamos a escucharlas como una colección de grandes éxitos. Vamos a hacer justamente lo contrario: vamos a devolverlas al lugar del que proceden.

      Porque «Nessun dorma» no fue escrito para inaugurar unos Juegos Olímpicos ni para acompañar una final de fútbol. Lo canta un príncipe que espera descubrir al amanecer si conseguirá conquistar a una mujer que ha ordenado que nadie duerma en toda Pekín.

      «La donna è mobile» tampoco es simplemente una melodía pegadiza para tenor. Es la canción de un hombre frívolo que presume de conocer a las mujeres mientras, a pocos metros de él, se está preparando una tragedia terrible.

      Y la habanera de Carmen no es una bonita canción española escrita por un compositor francés. Es la tarjeta de presentación de uno de los personajes femeninos más fascinantes de toda la historia de la ópera.

      Hoy vamos a descubrir qué hay detrás de esas músicas que casi todos conocemos.Y a quienes estén pensando todavía «pero a mí la ópera no me gusta», les proponemos un trato. Quédense con nosotros hasta el final. Después pueden seguir diciendo exactamente lo mismo. Aunque quizá ya no con tanta seguridad.

      58 min
    9. El violinista en el tejado
      Hoy dedicamos nuestro tiempo en La Traviata a una de las grandes obras maestras del teatro musical del siglo XX: El violinista en el tejado, estrenada en Broadway en 1964 con música de Jerry Bock, letras de Sheldon Harnick y libreto de Joseph Stein.
      La obra está basada en los relatos del escritor judío Sholem Aleichem, uno de los autores más importantes de la literatura en lengua yiddish. Sus historias describían con humor, ternura y realismo la vida cotidiana de las comunidades judías de Europa oriental, un mundo que estaba a punto de desaparecer para siempre.
      Aunque nació como un musical norteamericano, El violinista en el tejado se sitúa en un contexto histórico muy preciso. La acción transcurre en 1905, en los últimos años del Imperio ruso de los zares.
      En aquella época vivían millones de judíos repartidos por pequeñas localidades rurales conocidas como shtetl. Estas comunidades conservaban una intensa vida religiosa y cultural, hablaban habitualmente en yiddish y mantenían tradiciones transmitidas de generación en generación.
      Sin embargo, también sufrían numerosas restricciones legales, discriminación n social y frecuentes episodios de violencia. A comienzos del siglo XX el Imperio ruso atravesaba una profunda crisis política y económica. Las tensiones revolucionarias crecían y las minorías, entre ellas la población judía, eran con frecuencia objeto de persecución.
      Ese es el escenario histórico en el que se desarrolla nuestra historia.
      El título del musical procede de una imagen inspirada en las pinturas de Marc Chagall. El violinista representa la frágil búsqueda del equilibrio. Del mismo modo que un músico intenta mantenerse en pie sobre un tejado sin caer al vacío, los habitantes de Anatevka intentan conservar sus tradiciones mientras el mundo cambia a su alrededor.
      Esa tensión entre permanencia y cambio constituye el verdadero corazón de la obra.
      La acción se sitúa en Anatevka, una pequeña aldea judía ficticia. Allí vive Tevye, un humilde lechero que trabaja duramente para mantener a su familia. Tevye es uno de los grandes personajes creados por el teatro musical. Profundamente religioso, dotado de gran sentido del humor y de una extraordinaria humanidad, conversa continuamente con Dios mientras intenta resolver los problemas cotidianos que la vida pone en su camino.
      Junto a él encontramos a su esposa Golde, mujer práctica y trabajadora, y a sus cinco hijas: Tzeitel, Hodel, Chava, Shprintze y Bielke.
      La historia particular de Tevye y su familia es una reflexión universal sobre el desarraigo, la emigración y la capacidad humana para conservar la propia identidad en circunstancias adversas. Los habitantes de Anatevka al final pierden su hogar, pero no pierden aquello que consideran esencial: sus recuerdos, su cultura y los lazos que los unen.
      El violinista en el tejado es una obra que combina humor, emoción e historia para abordar cuestiones tan universales como las relaciones entre padres e hijos, el conflicto entre tradición y modernidad, la búsqueda de la identidad y la necesidad de adaptarse a un mundo en permanente transformación. Más de sesenta años después de su estreno, sigue siendo uno de los musicales más profundos y conmovedores de todo el repertorio internacional.
      58 min
    10. Coros famosos de zarzuelas

      Hoy les proponemos un viaje por algunas de las páginas corales más famosas de la zarzuela. Un recorrido que nos permitirá redescubrir uno de los grandes tesoros de nuestro teatro lírico: el coro.

      Si en la ópera solemos seguir las peripecias de unos pocos protagonistas, en la zarzuela el pueblo ocupa con frecuencia un lugar central. Las calles, las plazas, las fiestas populares, los mercados, los puertos o las labores del campo cobran vida gracias a la intervención de coros que representan a toda una comunidad.

      A través de ellos escuchamos la voz de vendedores ambulantes, estudiantes, campesinos, marineros, soldados o vecinos que comentan, celebran, critican o participan directamente en la acción dramática.

      Muchos de estos coros han alcanzado una popularidad extraordinaria y, en algunos casos, son incluso más conocidos que las romanzas de las propias obras. Son páginas llenas de ritmo, color y vitalidad que reflejan como pocas la riqueza y diversidad de la sociedad española de su tiempo.

      Durante la próxima hora recorreremos algunas de esas escenas inolvidables, desde el Madrid castizo de finales del siglo XIX hasta las grandes zarzuelas del siglo XX.

      58 min
    11. Los miserables
      Hoy les invitamos a acercarse a una de las obras más populares, emocionantes y universales de la historia del teatro musical: Los Miserables.
      Pocas creaciones artísticas han logrado algo tan extraordinario como esta. Nacida como una novela monumental en la Francia del siglo XIX, convertida después en musical en el siglo XX y adaptada posteriormente al cine y a innumerables producciones escénicas, Los Miserables ha emocionado a millones de espectadores en todo el mundo gracias a una combinación única de drama humano, reflexión social y una música capaz de conmover incluso a quienes no frecuentan los teatros musicales.
      La historia nos sitúa en una Francia convulsa, marcada por las profundas heridas dejadas por la Revolución Francesa y por las guerras napoleónicas. Es una sociedad donde la pobreza, la injusticia y las enormes diferencias entre clases determinan el destino de las personas. En ese contexto aparece la figura de Jean Valjean, un hombre condenado a años de prisión por haber robado un pedazo de pan para alimentar a su familia. A partir de ese acto aparentemente insignificante se despliega una inmensa reflexión sobre la culpa, el castigo, la redención, la compasión y la esperanza.
      Pero Los Miserables es mucho más que la historia de un individuo. Es también el retrato de todo un pueblo. En sus páginas y en su versión musical encontramos obreros, estudiantes idealistas, niños abandonados, mujeres explotadas, policías obsesionados con la ley, revolucionarios dispuestos a sacrificar su vida por sus ideales y ciudadanos anónimos que intentan sobrevivir en una época de enormes cambios políticos y sociales.
      Quizás por eso la obra continúa siendo tan actual. Porque detrás de sus personajes reconocemos problemas que siguen acompañando a nuestras sociedades: la pobreza, la exclusión, el acceso a la justicia, la desigualdad de oportunidades o el conflicto entre la ley y la conciencia moral.
      La versión musical que conocemos hoy nació en Francia en 1980. Sus autores fueron el compositor Claude-Michel Schönberg y el letrista Alain Boublil, quienes tuvieron la audacia de transformar la inmensa novela de Victor Hugo en un espectáculo musical. Algunos años más tarde, la adaptación inglesa realizada por Herbert Kretzmer impulsaría definitivamente la obra hacia el éxito internacional.
      Desde su estreno londinense en 1985, Los Miserables se ha convertido en uno de los musicales más representados de todos los tiempos. Traducido a decenas de idiomas y visto por millones de espectadores, forma parte ya del patrimonio cultural universal, al igual que las grandes óperas o los grandes dramas teatrales.
      Musicalmente, la obra se sitúa en un territorio muy particular. Aunque pertenece al género del musical, su escritura se aproxima con frecuencia a la ópera. Los números se suceden casi sin interrupción, los motivos musicales reaparecen asociados a personajes e ideas, y la orquesta desempeña un papel narrativo fundamental. No es extraño que muchos cantantes líricos hayan interpretado sus personajes y que numerosos aficionados a la ópera encuentren en esta partitura una intensidad dramática muy cercana a la de Verdi, Puccini o Wagner.
      Para comprender plenamente Los Miserables, conviene detenernos unos minutos en el mundo que retrata Victor Hugo. Aunque la novela fue publicada en 1862, su acción transcurre varias décadas antes, en una Francia profundamente marcada por las consecuencias de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas.
      El final del siglo XVIII había traído consigo uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia europea: la Revolución Francesa de 1789. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad transformaron radicalmente la sociedad francesa, derribando el Antiguo Régimen y cuestionando privilegios que habían permanecido intactos durante siglos. Sin embargo, la realidad posterior fue mucho más compleja de lo que soñaron los revolucionarios.
      Tras los años revolucionarios llegó la figura de Napoleón Bonaparte, que consolidó muchas de las reformas surgidas de la Revolución, pero al mismo tiempo instauró un régimen autoritario y embarcó a Francia en una larga serie de conflictos militares por toda Europa. Cuando Napoleón fue derrotado definitivamente en Waterloo en 1815, el país se encontró agotado económica y socialmente.
      Es precisamente en ese año cuando comienza la historia de Jean Valjean. Francia intenta reconstruirse bajo la restauración monárquica de los Borbones, pero las tensiones sociales siguen siendo enormes. La industrialización avanza lentamente, miles de trabajadores sobreviven en condiciones miserables y la movilidad social es prácticamente inexistente para las clases más desfavorecidas.
      En las grandes ciudades, especialmente en París, la pobreza era una realidad cotidiana. Familias enteras vivían hacinadas, el trabajo infantil era frecuente y las crisis económicas podían condenar a la indigencia a miles de personas en cuestión de semanas. Victor Hugo conocía bien esta realidad y quiso reflejarla sin adornos ni idealizaciones.
      A lo largo de la novela asistimos también al despertar político de una nueva generación. Son los jóvenes estudiantes que aparecen en la segunda parte de la obra, inspirados por los ideales republicanos y convencidos de que Francia debía avanzar hacia una sociedad más justa y democrática. Su momento culminante llegará con la insurrección parisina de junio de 1832, episodio histórico real que constituye el trasfondo de las famosas barricadas de Los Miserables.
      Aquella revuelta fue rápidamente sofocada por el ejército y no consiguió sus objetivos políticos. Sin embargo, simbolizó la lucha de quienes soñaban con una sociedad más libre e igualitaria. Victor Hugo convertiría aquel acontecimiento en uno de los momentos más emocionantes de su novela y, posteriormente, del musical.
      En definitiva, Los Miserables nos muestra una Francia que vive entre la esperanza y la decepción, entre los ideales revolucionarios y una realidad social profundamente injusta. Es una sociedad que proclama la igualdad ante la ley, pero que continúa condenando a millones de personas a la pobreza, la marginación y la exclusión.
      Y es precisamente en ese escenario donde surge la voz de uno de los grandes escritores del siglo XIX: Victor Hugo.
      La transformación de Los Miserables en un musical parecía, en principio, una empresa casi imposible. La novela de Victor Hugo supera ampliamente el millar de páginas, contiene decenas de personajes y combina narración, reflexión filosófica, análisis político e historia social. Sin embargo, precisamente esa riqueza dramática acabaría seduciendo a dos creadores franceses que vieron en ella el material perfecto para un gran espectáculo musical.
      El origen del proyecto se encuentra en la figura de Alain Boublil, escritor y letrista francés nacido en Túnez. A mediados de la década de 1970, Boublil asistió en Londres a una representación del musical Oliver!, basado en la novela Oliver Twist de Charles Dickens. Aquella experiencia le hizo preguntarse si otra gran novela social del siglo XIX podría convertirse también en un musical. Muy pronto pensó en Los Miserables de Victor Hugo.
      Para desarrollar la idea recurrió a un colaborador con quien ya había trabajado anteriormente: el compositor Claude-Michel Schönberg. Juntos comenzaron a estudiar la novela y a seleccionar aquellos episodios capaces de condensar la inmensa historia de Hugo en una estructura dramática apta para el escenario.
      El primer resultado fue una versión francesa estrenada en París en 1980. Aunque aquella producción tuvo una acogida favorable, todavía estaba lejos del fenómeno mundial que conocemos hoy. El verdadero punto de inflexión llegó algunos años más tarde, cuando el productor británico Cameron Mackintosh descubrió la obra y decidió impulsarla en el mercado internacional.
      Se preparó entonces una nueva adaptación en lengua inglesa, con letras de Herbert Kretzmer. El estreno tuvo lugar en Londres en 1985. Las primeras críticas fueron, curiosamente, bastante frías. Algunos periodistas consideraban que la obra era excesivamente sentimental o demasiado ambiciosa. Sin embargo, el público reaccionó de manera muy distinta.
      Los espectadores conectaron inmediatamente con la historia y con su poderosa carga emocional. El boca a boca hizo el resto. En pocos meses, Los Miserables se convirtió en un éxito extraordinario. Lo que había comenzado como una apuesta arriesgada terminó transformándose en uno de los mayores fenómenos teatrales del siglo XX.
      Desde entonces, el musical ha sido representado en decenas de países, traducido a numerosos idiomas y visto por millones de personas. Su permanencia durante décadas en los escenarios londinenses y neoyorquinos lo ha convertido en una auténtica leyenda del teatro musical.
      Detrás de ese éxito se encuentra, en buena medida, la música de Claude-Michel Schönberg.
      Nacido en 1944, Schönberg pertenece a una generación de compositores que contribuyó decisivamente a renovar el musical europeo. Aunque en ocasiones se le sitúa bajo la sombra de grandes nombres anglosajones como Andrew Lloyd Webber o Leonard Bernstein, su aportación posee una personalidad muy definida.
      En Los Miserables encontramos una escritura musical de gran amplitud melódica, construida sobre temas fácilmente reconocibles que reaparecen a lo largo de la obra asociados a personajes, emociones e ideas. Esta técnica, heredera en cierta medida del leitmotiv operístico, contribuye a dar unidad a una historia extensa y compleja.
      Schönberg combina además influencias muy diversas. Hay momentos que recuerdan a la gran tradición romántica francesa; otros se acercan a la ópera italiana por su intensidad emocional; algunos pasajes poseen incluso una dimensión casi cinematográfica. Todo ello se integra en un lenguaje accesible para el gran público, pero elaborado con notable habilidad dramática.
      Una de las características más interesantes de la partitura es su continuidad narrativa. A diferencia de otros musicales construidos como una sucesión de canciones independientes, Los Miserables funciona casi como una ópera moderna. Los números musicales surgen de la acción dramática y la música acompaña permanentemente el desarrollo de los acontecimientos.
      Por eso muchos especialistas consideran que la obra ocupa una posición intermedia entre el musical tradicional y el teatro musical de inspiración operística. La fuerza de sus coros, la complejidad de sus conjuntos vocales y la importancia de la orquesta contribuyen a crear una experiencia escénica de gran intensidad emocional.
       
      58 min

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