En la noche antes de entregar su vida,
Jesús elevó una oración que cruzó los siglos.
Una oración que no se quedó en los discípulos de aquel tiempo,
sino que alcanzó a todos los que creerían en su nombre.
Oró diciendo:
“Padre, santifícalos en tu verdad…
que sean uno, así como nosotros somos uno.”
Jesús vio un Pueblo Santo, nacido no por sangre ni por linaje,
sino por fe, por obediencia y por la obra del Espíritu de verdad.
Un pueblo separado para YHWH,
unido en amor, firme en la verdad,
reflejo vivo del carácter del Hijo.
Su oración sigue siendo un llamado:
que vivamos en santidad,
que permanezcamos en su palabra,
que caminemos en unidad,
y que el mundo vea, a través de nosotros,
que el Padre envió al Hijo.
Hoy recordamos esta oración eterna,
y nos afirmamos en ella:
Somos el Pueblo Santo que Jesús presentó ante el Padre.