Hola a todos. Qué alegría encontrarnos un día más en este espacio de reflexión, sobre todo hoy, tres de septiembre, un día en el que la liturgia nos invita a mirar de frente nuestras propias barcas, nuestras redes vacías y, sobre todo, a Aquel que nos invita a navegar mar adentro.Imagina por un momento la escena que nos regala hoy el Evangelio de Lucas. El sol apenas empieza a calentar el ambiente a orillas del lago de Genesaret. Hay ruido, la multitud se agolpa, todos quieren escuchar a Jesús. Pero un poco más allá, al borde del agua, la realidad es muy distinta. Hay unos pescadores que acaban de desembarcar. Están cansados, tienen los ojos pesados por el sueño y la frustración grabada en el rostro. Están lavando las redes.Lavar las redes al final de una jornada sin pesca es un gesto doloroso. Significa aceptar el fracaso. Significa decir: "Bueno, lo intentamos toda la noche, no salió nada, recojamos todo y vámonos a casa a lidiar con la decepción".