En una ciudad rodeada de murallas antiguas, el samurái meditaba sobre las apariencias. Durante años había creído que la verdad habitaba en las palabras, pero el tiempo le enseñó que muchas veces los rostros son máscaras y las promesas simples reflejos sobre el agua.
Inspirado por los espejismos que aparecían en los caminos bajo el calor del verano, comprendió que no todo lo que se muestra merece ser aceptado como real. Algunas personas exhibían honor para obtener confianza, mientras otras ocultaban sus intenciones detrás de sonrisas cuidadosamente construidas. Cuanto más observaba, más descubría que la falsedad suele disfrazarse de virtud.
Desde entonces comenzó a prestar menos atención a lo que se decía y más a lo que permanecía constante. Observaba cómo actuaban las personas cuando nadie parecía mirarlas, cómo trataban a quienes no podían ofrecerles nada y cómo reaccionaban cuando las circunstancias dejaban de favorecerlas.
Cada encuentro se convirtió en un ejercicio de paciencia. En lugar de apresurarse a emitir juicios, avanzaba con cautela, como quien cruza un puente cubierto por la niebla. Sabía que un paso precipitado podía conducir al error, mientras que la observación silenciosa revelaba senderos invisibles.
Con el tiempo entendió que descubrir la ilusión no requería desconfianza permanente, sino claridad. La verdad terminaba por mostrarse a quienes sabían esperar. Así aprendió que el camino del samurái no consiste en confrontar cada engaño que encuentra, sino en caminar con sigilo, prudencia y atención, permitiendo que las máscaras caigan por su propio peso.
Y comprendió que quien ve más allá de las apariencias no necesita imponerse sobre los demás. Le basta con reconocer la ilusión, evitar sus trampas y continuar su viaje con la serenidad de quien conoce la diferencia entre la sombra y la luz.
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