El cine de terror más perturbador no ocurre en una pantalla de 4K, sino en el espacio de apenas unos centímetros que hay entre nuestras orejas. A diferencia de un director de Hollywood, nuestra mente no necesita de presupuestos millonarios ni efectos especiales para paralizarnos; le basta con un "hubiera", un "qué tal si" o una interpretación errónea de la realidad. Estas "películas mentales" son guiones que escribimos en la oscuridad de la ansiedad, donde nosotros somos, al mismo tiempo, el guionista sádico, el protagonista indefenso y el espectador aterrorizado. Entender cómo y por qué proyectamos estos escenarios es el primer paso para encender las luces de la sala y darnos cuenta de que, la mayoría de las veces, el monstruo solo existe porque nosotros le dimos vida.