No cabe duda de que el pecado alteró, rompió y fracturó radicalmente nuestra relación con Dios. El pecado afecta toda nuestra existencia humana. También afecta nuestra capacidad para interpretar las Escrituras. No es simplemente que nuestros procesos de pensamiento humano se emplean fácilmente para fines pecaminosos, sino que nuestra mente y nuestros pensamientos se han corrompido por el pecado y, por lo tanto, se han cerrado a la verdad de Dios. Las siguientes características de esta corrupción se pueden detectar en nuestro pensamiento: orgullo, autoengaño, duda, distancia y desobediencia.