A mediados de la década de los 80 el futbol mexicano sobrevivía con respiración artificial y mucha medicina en forma de marketing, patrocinios y la venta de un factor fundamental: la esperanza.
Esperanza de un futuro con brillo, con laureles, con victorias y con títulos. Un futuro que vivía en el imaginario colectivo desde 1950, pero que ni entonces, ni en los 60, ni mucho menos en los 70 se pudo convertir en realidad.
Después de que México hospedara el mundial que dio el banderazo a la modernidad del balompié internacional, el nuestro se fue directo a la chingada, a falta de un mejor término que defina la mugre que se vivió en 1973, 1978 y 1981.
No obstante los dioses del futbol nos regalaron un electroshock para reanimar el corazón desahuciado, cuando en 1986 el planeta entero volteó su mirada a nuestras tierras por segunda vez en sólo 16 años, pues sería en México donde se celebraría la nueva Copa del Mundo.
Ese año renació la fe en la Selección Mexicana, que renovada, talentosa y bien preparada alcanzó por primera y única vez el desgraciado quinto partido, aunque bien pudo ser un sexto y séptimo, pero el destino simplemente dijo que no.
Al que sí le sonrió fue a un chaparrito extraterrestre, que se apareció en el Distrito Federal con un solo objetivo en la mente, mismo que sólo sus inexplicables piernas podían convertir en una apasionante realidad: convertirse en el mejor de todos.