Hay veces que asociamos a ciertos futbolistas con algunas características muy particulares. A algunos se les recuerda por su técnica individual, su magia o sus recortes. Otros son bien valorados por su eficacia defensiva, sus espectaculares atajadas o los goles históricos.
Sin embargo hay un grupo de jugadores que, aunque no marcaron una época debido a educadas piernas o liderazgo excepcional, sí lo hicieron por su corazón y su garra, con la esencia de guerreros a los que no les importaba ser cortos de algo si podían sustituirlo con espíritu deportivo.
El delantero Francisco Fonseca, mejor conocido como Kikín, que tuvo un ascenso de carrera monumental, siendo figura en dos de los equipos más importantes de nuestro país y que después de ser uno de los más cotizados a nivel nacional, figura en Selección, logró el sueño europeo.
Algo se rompió en Portugal y nunca más pudo ser el mismo. Los últimos siete años de la carrera de Francisco Fonseca contrastan abismalmente con los primeros siete. Una trayectoria larga, fructífera, pero que se siente incompleta, borrosa, enmarañada.