A pesar de que son pocos si los comparamos con otras nacionalidades, hoy en día es muy común que tengamos representantes mexicanos en latitudes europeas.
Nombres como Héctor Herrera, Andrés Guardado, Raúl Jiménez, Carlos Vela, Javier Hernández, Néstor Araujo, Héctor Moreno y compañía, son ya muy repetidos en las ligas más importantes del mundo.
No obstante hubo una época en la que eso simplemente no sucedía. Las odiseas nacionales al Viejo Continente comenzaron hace casi un siglo, cuando Luis el Pirata Fuente y Manuel Alonso se enrolaron con el Racing de Santander, aunque eso no prosperó.
El siguiente ejemplo verdaderamente significativo ocurrió hasta 50 años después, cuando un tal Hugo Sánchez aterrizó en España para jugar con el Atlético de Madrid y luego escribir toda la historia que tú ya conoces.
El Pentapichichi fue un embajador fantástico que abrió todas las puertas, aunque el flujo no corrió como se esperaba. Personajes como Manuel Negrete, Chepo de la Torre, Javier Aguirre, Joaquín del Olmo y el Abuelo Cruz lo intentaron, pero tampoco fueron exitosos.
En los 90s sólo Luis García hizo un buen papel, aunque la magia le duró sólo un par de años. A inicios de los dos miles se dejó llegar una camada importante con Paco Palencia, Cuauhtémoc Blanco, Manuel Vidrio, Carlos Ochoa, Gerardo Torrado y Rafa Márquez.
De todos ellos sólo el Káiser se pudo poner a la altura del Macho, ganando títulos al por mayor. Parecía que por más jugadores que nuestro país pudiera exportar, nunca nadie podría representarnos con gracia y alcanzar las glorias que sólo dos tenían en su palmarés.
Tuvo que llegar la Copa Confederaciones de 2005 para que un oaxaqueño y un tapatío levantaran la mano, esa que tomó un equipo desconocido para la mayoría de mexicanos, pero que de manera sorpresiva, con cierta dosis de fortuna y mucho sufrimiento, tocaron un cielo que está reservado para muy poquitos equipos.
Hoy te narramos el camino de aquel Stuttgart donde Pável Pardo y Ricardo Osorio lograron conquistar la Bundesliga en la temporada 2006-07.