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Mi nombre es Daniel, y siempre he sido un escéptico. Sin embargo, mi fascinación por lo desconocido me llevó a emprender un viaje solitario a Escocia, específicamente a las Tierras Altas, donde se encuentra el famoso lago Ness. Había leído innumerables historias sobre el monstruo que supuestamente habitaba sus aguas, pero nunca las tomé en serio. Para mí, era solo una leyenda, un cuento para turistas...
Era una noche fría de Marzo cuando decidí ir al cine recién remodelado en el centro de la ciudad. Habían promocionado la reapertura con grandes estrenos y descuentos, y aunque no soy un gran fanático de las multitudes, algo me atrajo a ese lugar. Quizás fue la curiosidad de ver cómo habían modernizado el viejo edificio que llevaba décadas en pie. O tal vez fue el hecho de que necesitaba distraerme de mi rutina monótona. Lo que no sabía era que esa noche cambiaría mi vida para siempre...
Mi nombre es Daniel Suárez y he trabajado como controlador de tráfico aéreo durante más de veinte años. He visto de todo: emergencias, aviones en peligro, fallas de comunicación, incluso reportes de objetos extraños en el cielo. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que ocurrió aquella noche...
Siempre me ha gustado la radio. Desde niño, encontraba algo reconfortante en las voces que hablaban en la noche, llenando la oscuridad con relatos, noticias o música.
Me hacía sentir acompañado, como si al otro lado de las ondas hubiera alguien que hablaba solo para mí. Ahora, soy yo quien ocupa ese lugar...
Siempre pensé que los templos eran un refugio, un sitio donde los perdidos podían hallar paz.Por eso acepté el trabajo en la iglesia de SanMiguel.
Llegué al pueblo sin un centavo, sin un destino claro, solo con una maleta y el cansancio de alguien que ha pasado demasiado tiempo huyendo de algo-o de sí mismo...
Cuando acepté el trabajo como velador en la primaria “José María Morelos”, no pensé que sería gran cosa. Necesitaba el dinero, y la idea de vigilar una escuela vacía no me preocupaba. El turno nocturno no me molestaba; había trabajado en cosas peores...
Era casi la una de la mañana cuando salí del bar, pero no era una noche común. Había estado ahí más tiempo del que debía. El bar, oscuro y abarrotado, se había convertido en mi refugio durante los últimos días. Cada trago parecía ahogar un poco más la creciente sensación de desesperación que me invadía. Había tenido una semana difícil: una discusión con mi novia, el estrés en el trabajo y la angustia de sentirme atrapado en una vida que ya no me hacía feliz. No quería volver a casa tan pronto, no quería enfrentarme a los recuerdos que me esperaban en esas cuatro paredes. Solo deseaba evadir todo, aunque fuera por unas horas...
La estación estaba vacía, no era la primera vez que tomaba el metro tan tarde, pero aquella noche algo se sentía diferente. El silencio era más denso, como si se hubiera tragado los ruidos habituales: los anuncios por los altavoces, los pasos de los últimos pasajeros, el zumbido de las máquinas expendedoras.
Era una noche fría de octubre. La luna llena brillaba con una intensidad casi sobrenatural, arrojando su pálida luz sobre la ciudad dormida. Había un silencio inquietante en el aire, roto solo por el susurro del viento que serpenteaba entre las calles desiertas. Era el tipo de noche en la que la realidad parecía desdibujarse, en la que las sombras parecían moverse cuando no las mirabas directamente...
Me llamo Javier y trabajaba como asistente forense en la morgue del Hospital San Gabriel. Digo “trabajaba” porque, después de aquella noche, jamás volví a pisar ese lugar....
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