Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Vladimir_Sterzer_Forgive_Me
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Estando en esta conversación, llamaron a la puerta; salió Monipodio a ver quién era, y preguntándolo, respondieron:
-Abra voacé, sor Monipodio, que el Repolido soy.
Oyó esta voz Cariharta, y alzando la suya, dijo:
- ¡No le abra vuesa merced, señor Monipodio, no le abra a esa fiera!
No dejó por esto Monipodio de abrir a Repolido; pero viendo la Cariharta que le abría, se levantó corriendo y se metió en la sala de los escudos, y cerrando tras sí la puerta, desde dentro, a grandes voces decía:
-Quítenme de delante a ese malencarado, a ese verdugo de inocentes, que atemoriza a las palomas mansas.
Maniferro y Chiquiznaque contenían a Repolido, que de cualquier forma quería entrar donde la Cariharta estaba; pero como no le dejaban, decía desde fuera:
- ¡No haya más disgusto; furiosa mía; por tu vida que te calmes, así te veas casada! ·
- ¿Casada yo, maligno? -respondió la Cariharta-. ¡Mira con lo que sale! ¡Ya quisieras tú que lo estuviera contigo, pues antes lo estaría yo con un esqueleto que contigo!
- ¡Ea, boba! -replicó Repolido, acabemos ya, que es tarde, y no te vayas a crecer al verme hablar tan dócil y venir tan humilde; porque, ¡vive el Creador!, que si se me sube la furia a la cabeza, será peor la recaída que la caída. Contente, y nos contendremos todos, y no demos de comer al diablo
-E incluso de cenar le daría yo -dijo la Cariharta- porque te llevase donde nunca más mis ojos te viesen.
- ¿No os digo yo? -dijo Repolido-. ¡Por Dios que me estoy oliendo que va a sacarme de quicio!
Entonces dijo Monipodio:
-En mi presencia no ha de haber excesos: la Cariharta saldrá, no por amenazas, sino por el afecto que me tiene, y todo se hará bien: que las riñas entre los que bien se quieren son causa de mayor deleite cuando se hacen las paces. ¡Ah Juliana! ¡Ah niña!
¡Ah Cariharta mía! Sal aquí fuera, que yo haré que el Repolido te pida perdón de rodillas.
-Si él hace eso -dijo la Escalanta-, todas nos pondremos de su parte y rogaremos a Juliana que salga aquí fuera.
-Si lo que se pretende es la rendición con deshonor de mi persona -dijo el Repolido- no me rendiré ni ante un ejército; pero si es porque la Cariharta así lo quiere, no solo me hincaré de rodillas, sino que un clavo me hincaré en la frente para servirla.
Se rieron de esto Chiquiznaque y Maniferro, por lo que se enfadó mucho el Repolido, pensando que se burlaban de él, y dijo con muestras de infinita cólera:
-Cualquiera que se ría o piense reírse de lo que hemos dicho o digamos, la Cariharta contra mí, o yo contra ella, digo que miente y mentirá todas las veces que se ría o lo piense, como ya he dicho.
Se miraron Chiquiznaque y Maniferro con tan mal semblante, que Monipodio se dio cuenta de que todo acabaría en un gran mal si no lo remediaba; y así, poniéndose en seguida entre ellos, dijo:
-No pasen más adelante, caballeros; cesen aquí mismo las palabras mayores, y desháganse entre los dientes; y puesto que las que se han dicho no obligan a coger la espada, nadie las tenga en cuenta.
Y oyendo esto, el Repolido iba a a salir por la puerta.
Escuchándolo estaba la Cariharta, y cuando sintió que se iba enfadado, salió diciendo:
-¡Deténganle, que no se vaya, que hará de las suyas! ¿No ven que va furioso? ¡Vuelve acá, valentón del mundo y de mis ojos!
Y enfrentándose con él, le cogió fuertemente de la capa, y acudiendo también Monipodio, le detuvieron.
Chiquiznaque y Maniferro no sabían si irritarse o no y se quedaron quietos esperando a ver qué haría Repolido; el cual, viendo los ruegos de la Cariharta y de Monipodio, volvió diciendo:
-Nunca los amigos han de causar enojo a los amigos ni hacer burla de los amigos, y más cuando ven que se enojan los amigos.
-No hay aquí amigo -respondió Maniferro- que quiera enojar ni hacer burla de otro amigo; y pues todos somos amigos, que se den las manos los amigos.
A lo que dijo Monipodio:
-Todos voacedes han hablado como buenos amigos, y como tales amigos digo que se den las manos de amigos.
Se las dieron en seguida, y la Escalanta, quitándose un zapato, comenzó a tocar en él como si fuera un pandero; la Gananciosa
Tomó una escoba nueva, que allí se encontró casualmente, y, frotándola, sacó un sonido que, aunque ronco y áspero, se acompasaba con el del zapato. Monipodio rompió un plato e hizo dos trozos con los que, puestos entre los dedos y golpeados con gran ligereza, llevaba el contrapunto al zapato y a la escoba.
Se sorprendieron Rinconete y Cortadillo de la nueva invención de la escoba, porque hasta entonces nunca la habían visto. Se dio cuenta Maniferro y les dijo:
- ¿Se asombran de la escoba? Pues bien hacen, pues música más rápida y más fácil, ni más barata, no se ha inventado en el mundo; y ciertamente que oí decir el otro día a un estudiante que no hay mejor clase de música, tan fácil de aprender, tan sencilla de tocar, sin trastes, clavijas ni cuerdas, y sin necesidad de afinar; y digo más, que dicen que la inventó un galán de esta ciudad.
-Eso lo creo yo muy bien -respondió Rinconete-; pero escuchemos lo que van a cantar nuestros músicos, que parece que la Gananciosa ha escupido, señal de que quiere cantar.
Y así era de verdad, porque Monipodio le había rogado que cantase algunas seguidillas de las habituales; pero la que comenzó primero fue la Escalanta, y con voz delicada cantó lo siguiente:
Por un sevillano rufo a lo valón
tengo socarrado todo el corazón
Siguió la Gananciosa cantando:
Por un morenico de color verde,
¿cuál es la fogosa que no se pierde?
Y luego Monipodio, dándose gran prisa en el meneo de sus castañuelas, dijo:
Riñen dos amantes; hácese la paz;
si el enojo es grande, es el gusto más.
No quiso la Cariharta dejar pasar su alegría en silencio, porque tomando otro zapato, se metió en la danza, y acompañó a las demás diciendo:
Detente, enojado, no me azotes más:
que si bien lo miras, a tus carnes das.
-Cántese sin segundas -dijo entonces Repolido-, y no se toquen historias pasadas, que no hay para qué tocarlas: lo pasado sea pasado, y tómese otro camino, y basta.
Trazas llevaban de no acabar tan pronto el comenzado cántico, si no hubieran sentido que llamaban a la puerta con prisa, y deprisa salió Monipodio a ver quién era. El centinela le dijo que al final de la calle había asomado el alcalde de la justicia, y que delante de él venían el Tordillo y el Cernícalo, ayudantes que no estaban sobornados. Lo oyeron los de dentro, y se alborotaron todos de manera que la Cariharta y la Escalanta se calzaron sus zapatos al revés, dejó la escoba la Gananciosa, Monipodio sus castañuelas, y quedó en intranquilo silencio toda la música; enmudeció Chiquiznaque, se asombró el Repolido y quedó atónito Maniferro, y todos, unos por un lado, otros por otro·, desaparecieron, subiéndose a las azoteas y tejados, para escaparse y pasar por ellos a otra calle.
Nunca un disparo inesperado ni un trueno repentino espantó así una bandada de desprevenidas palomas como puso en alboroto y espanto a toda aquella reunión de buenas gentes la noticia de la llegada del alcalde de la justicia. Los dos novicios, Rinconete y Cortadillo, no sabían qué hacer, se quedaron quietos, esperando a ver en qué terminaba aquella repentina tormenta, que terminó al volver el centinela para decir que el alcalde había pasado de largo, sin dar muestra ni recelo de sospecha alguna.