Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Rob_Costlow_Communion
jamendo.com
Relato ganador del I certamen de narraciones breves Fernando Belmonte organizado por el IES Dolmen de Soto de Trigueros (Huelva)
Los niños vivían sus juegos con tal intensidad que siempre que la maestra los llamaba eran incapaces de reaccionar y seguían en su mundo como si nada hubiesen oído.
Ana María, la maestra, que lo sabía, echaba mano del sonido mágico, tocaba el xilófono y todos quedaban convertidos en estatuas que sólo podían escuchar.
—Tenemos que recoger para irnos a la asamblea y acabar los trabajitos antes de salir al recreo.
—Maestra, un ratito más —pedían todos los días.
—Vale, pero fijaos en el reloj y cuando la aguja grande vaya llegando entre el uno y el dos, recogemos.
Con un poco de fantasía, los animaba contándoles lo que aprenderían ese día, si harían salida o verían alguna película, el taller que tocaba o si iban a empe¬zar un libro o un tema nuevos.
Ya ella había puesto a su alcance diferentes objetos que no eran de la clase. Mientras jugaban, en silencio los iban poniendo, sabía que la observaban, que captarían y preguntarían luego por la gorra de municipal, el fonendoscopio, una peluca grande, rizada y de color naranja chillón, ladrillos, un viejo foco y la lámi¬na sobre el nuevo tema: "los oficios". Miraron, tocaron, se probaron la peluca y la gorra, se rieron y jugaron con todo.
En el corcho, todos sentados en corro, Ana esperó que empezasen a hablar.
Como había supuesto, no se les había escapado ni un detalle, sólo había algo que ellos no conocían, el foco. Les explicó que antes no había linternas, que la mina tampoco tenía luz, entonces los mineros para alumbrarse usaban el foco.
—¿Dónde está la mina, por qué no tiene luz, qué hacen allí los mineros, qué sacan de la tierra, cómo se enciende si no tiene botones...?
La maestra había conseguido meter a los niños en el tema; poco a poco, tendrían las respuestas, incluso había previsto encender el candil cuando fuese
necesario.
—Bien, ahora cada uno va a contar el trabajo de su padre y de su madre, o de su abuelo y de su abuela y cómo se llama ese trabajo.
Dijeron las distintas profesiones con sus verdaderos nombres o con los que los niños se inventaban, que en esto no hay quien les gane.
—Estupendo, ahora vais a pensar qué os gustaría ser cuando seáis mayores.
Para los niños de cinco años, pensar significa empezar a hablar todos a la vez y eso hicieron.
— ¡No, no, no... de uno en uno y en orden!
Salieron todos los oficios, muchos de ellos repetidos: bombera, astronauta, policía, veterinario, arreglador, maestro, trabajador como mi padre, médica, tore¬ro... y minera, dijo una niña. Rápidamente salió la educación machista, ¡minera, bombera! ¡¿Están tontas o qué?! En la mina sólo trabajan los papas y apagando fuego, igual. La maestra, que en las asambleas se limitaba a escuchar, dejar hablar y anotar, tuvo que intervenir. Les explicó ejemplos, contó algún cuento y parece que los convenció.
Perico, famoso porque nunca callaba, cuando le tocó su turno, titubeó y no dijo nada. Pero él, también tenía muy claro qué quería ser de mayor, quería ser ladrón; pero como sabía que robar no estaba bien prefirió callar. Además, él iba a empezar ya, no iba a esperar a ser mayor, faltaban muchos días para ser mayor. Tenía una larga lista de cosas que deseaba y no pensaba aguardar tanto tiempo. Estas cosas no son de nadie, no tenían dueño, nadie las reclamaría, había muchas, no notarían su falta ni se darían cuenta, ¿quién iba a culparle por el hurto?
Todas las mañanas, camino de la escuela, pasaban por un parque lleno de flores, su pobre madre tenía que conocerlas todas porque le preguntaría por todas y cada una de ellas. Pero aquel día, Perico no habló, estaba mudo y quieto mi¬rando al centro. Su madre tiraba de él pero estaba pegado al suelo, donde miraba sólo había una flor. Por fin soltó la mano de su madre y se encaminó hacia ella, no había nada más que una rosa blanca cuajada de rocío.
—Mamá, ¿Por qué llora esta flor?
Sus lágrimas la hacen aún más bella, pensó Perico, pero esperó ansioso la respuesta de su madre.
—No está llorando, cariño, es la rocía de la noche.
La madre tiró con fuerza de su mano, no ya por la prisa sino porque sabía que Perico seguiría preguntando y ella no tenía más respuestas.
Sí, esto es lo primero que él robaría o raptaría y se la llevaría a su casa. Allí estaba muy sola y por eso lloraba. La pondría en un vaso de agua y todas las noches se dormiría mirándola hasta que un día le declarase su amor y la rosa se pusiera roja. Había que darse prisa antes de que alguien se le adelantase. Sí, lo haría esa noche.
Al caer la tarde, Perico acompañado de su amigo Daniel decidieron dar el golpe. Cogieron las herramientas necesarias: linterna, algodón, alcohol, tijeras, esparadrapo y unos guantes para no dejar huellas. Muy silenciosos atravesaron el parque hasta llegar a su amada rosa. Por un momento Perico se quedó mirándola, dudó y pensó si le haría daño. Pero pronto descartó la idea, llevaba todo lo nece¬sario, él la cuidaría y la mimaría más. Tras este pequeño titubeo se puso manos a la obra. Sacó el algodón, lo humedeció con alcohol, mojó suavemente el tallo, cogió las tijeras, y zas. Le puso esparadrapo al tallo del rosal y al de la rosa. Todo había sido rápido y fácil, no se le había olvidado ni un detalle, ¡qué felicidad! Daniel vigilaba y lo alumbraba con la linterna. La luna, desde lo alto, los miraba y sonreía, ¿por qué sonreiría?, se preguntaba Daniel, le divertirá lo que estamos haciendo, pensó. Pero no, la muy tuna había visto venir al guarda del parque y no quiso avisarles.
Cuando ya tenían todo recogido y estaban preparados para irse con la rosa, escucharon una voz, que en el silencio de la noche parecía de ultratumba:
—¿Qué estáis haciendo?, ¿qué escondéis ahí?... ¡UNA ROSA! Estos niños no saben que hay que respetar los jardines públicos, a qué escuela irán. A ver, ¡nombre y apellidos!, ¡¿Quiénes son vuestros padres?! ... ¡Habéis matado una flor, ya no vivirá más!
Perico no pudo soportar esto y se echó a llorar. El guarda consideró que ya había conseguido su propósito así que los perdonó tras la promesa de no volver a hacerlo y hasta dejó que Perico se llevase la flor diciéndole lacónicamente: ¡Ya no sirve, llévatela!
Perico, cuando se fue a la cama, lloró y le pidió perdón a la rosa, pero al mirarla y verla se le olvidó todo lo que había pasado; además, él pensaba quererla aunque se secase, la conservaría dentro de un libro y seguro que seguiría siendo preciosa.
Al atardecer, cuando salían las primeras estrellas y coincidían el sol y la luna, Perico miraba y miraba en silencio, hasta que un día le preguntó a su padre.
—Papá, entonces, ¿sólo hay esta luna y este sol, sólo una luna y sólo un sol, y esta luna y este sol están también ahora mismo en Bilbao y ahora mismo lo están viendo los primos?
Ante el asentimiento temeroso de su padre que intuía lo que se le venía encima, él siguió hablando, por algo le decían "Perico, Periquín".
—Pero si tú dices que viven tan lejos y que por eso no podemos ir a verlos los domingos.
—Pero el cielo es inmenso —contestó Pedro, su padre, y pensó, este niño debería haber nacido en casa de gente con carrera, ¡qué preguntas, y no para!
Pero ya Perico no le escuchaba, estaba callado y pensativo. Esto sería lo segundo que él robaría. Si el cielo era tan grande que llegaba a Bilbao, cogería un trocito con unas cuantas estrellas y nadie lo notaría. Lo pondría en el techo de su habitación y todas las noches dormiría mirando su hermosa rosa y contando las estrellas. Pero este atraco sería más difícil, tendría que planearlo muy bien con su amigo Daniel. Llegar al cielo era posible, él había observado que el final del pue¬blo estaba pegado a las montañas, pero cortar un trozo le parecía más complicado, pero seguro que ya idearían la forma. Sí, ésta era la segunda cosa que formaba su lista de lo que pensaba robar.
Después de un largo y lluvioso invierno, llegó una larga y lluviosa primave¬ra, pero una tarde salió el sol aunque estuviese nublado. Con su padre y su perro, fue a dar una vuelta por las afueras del pueblo, el lugar preferido de Perico. El camino estaba lleno de huertos cultivados por jubilados de la mina que se sen¬tían jóvenes, y lo eran, y no se resignaban a no hacer nada, abuelitos y abuelitas paseando y tomando el sol, gallinas, vacas y la preciosa mina, llena de colores, al fondo, como el escenario de aquella obra. Su padre iba charlando con todos; se paró con Juan, el cabrero, Perico no quitaba ojo de las cabras, sonreía y miraba a su padre, miraba a las cabras y volvía a sonreír. Su padre, que se temía lo peor, seguía hablando con Juan esperando que el niño no metiese la pata, pero Perico, casi enfadado, no esperó más.
—Juan, ¿por qué les has puesto sujetadores a algunas cabras?
Juan y su padre se echaron a reír, él se sintió ofendido pero esperó la res-puesta.
—No son sostenes, son talegas que les ha hecho mi mujer para que los chi¬vitos empiecen a comer esta hierba tierna y me dejen la leche para venderla.
Y ya dirigiéndose a su padre le explicó que le sacaba más dinero a la leche que al mismo cabritillo, y que los "joíos" sólo querían teta y dejaban secas a sus madres, "¡si no les saco na!"... Perico ya no le escuchaba, seguía mirando. Aquella tarde era especial, a lo lejos parecía invierno, el cielo estaba negro, pero donde ellos estaban había llegado la primavera y había barnizado todo con ese brillo tan especial. De pronto, las nubes se acercaron y con ellas empezaron a caer unos goterones que parecía que iban a taladrarle la cabeza, ¡tierra mojada, lluvia, sol, cielo azul, cielo negro y...!, enseguida Perico se puso como en trance, le pasaba a menudo.
—¿Quién ha pintado esa diadema de colores sobre la mina?
Nunca había visto nada tan hermoso. Aquí su padre se sintió orgulloso de poder explicarle que era un arco iris, que salía cuando un rayo de sol atravesaba el agua de la lluvia, que tenía siete colores, que... Perico ya no oía nada, ni trató de contar los colores ni de identificarlos, no quería perderse ningún detalle; ade-más, en su cabeza estaba anotando la tercera cosa que robaría, sale muchas veces y desaparece solo, habrá que estar pendiente, ¡cómo quedaría en su cuarto!, lo pondría de esquina a esquina, no hay guardas de arco iris. Sí, ésta será la tercera cosa, mañana lo hablaré con Daniel.
La lista se iba ampliando con todo aquello que a Perico le llamaba la aten-ción: la rosa, que aún conservaba, el trocito de cielo, el arco iris, un nido de go-londrinas para ponerlo en la ventana de su cuarto, el eco al que confundió con un gigante que le gritaba detrás de las montañas... Sí, cada vez la lista era más larga porque a Perico, ¡¿qué no le gustaba?!
Todas las noches se despedía de su rosa que, aunque seca, no había perdido ni un pétalo y tenía una belleza especial; le contaba sus planes y lo linda que que¬daría su habitación y él juraría que la rosa se ponía contenta.
Perico fue creciendo, igual que su lista, y se fue conformando con que ésta formara parte de sus sueños, no eran robos tan fáciles. Sólo Daniel compartía sus planes con él, en una ocasión intentó convencer a otro amigo para que les ayudase pero cuando le contó de qué iba la cosa, éste se burló y le dijo "Perico, el ladrón de las cosas tontas". A partir de entonces, sólo Daniel sería su confidente y ayu¬dante, pero no eran robos tan fáciles como el de la rosa, así que siguió pasando el tiempo.
—Cuando seamos mayores —decían.
Y creció y empezó a comprender que lo que no se puede comprar, ni ven¬der, ni mucho menos coger es porque nos pertenece a todos y lo más que pode¬mos hacer es cuidarlo.
Al dormirse cerraba los ojos y con su gran imaginación y fantasía veía su cuarto como lo había soñado, pero aún con los ojos abiertos seguía viéndolo. La promesa que un día le hizo al guarda la cumplió; aún conservaba la rosa y una gran imaginación y mucho amor para crear todo lo que deseara.
Un día, empezaron a llamarle Pedro y algunos hasta don Pedro porque tenía una carrera. El todavía recordaba el tema de los oficios, cuando él quería ser ladrón, y recordaba también cómo su querida maestra les había explicado que todos los trabajos que realizaban los hombres y las mujeres eran útiles y necesarios y todos tenían su mérito y su valor. Por eso, cuando el jardinero de su casa le decía don Pedro, él le contestaba, qué pasa don Vicente. Y no lo hacía con ironía ni por esnobismo, simplemente no le gustaba que le llamasen don Pedro porque él en el fondo de su corazón seguía siendo "Perico, Periquín" y cuando se convirtió en todo un señor papá que tuvo una hija, a la que no llamó Petra, le pintó el techo de su habitación azul con brillantes estrellas; de esquina a esquina le colocó un gran arco iris, la rosa blanca nunca faltó como tampoco faltó su cuento, "Perico, el ladrón de las cosas tontas", que todas las noches le narraba para dormirla.