Voz: Manuel López Castilleja
Música: Schubert - Serenade
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Cuento escrito por Ana María Matute cuando tenía 10 años.
I
El reloj dio las doce.
En la sala de juegos de Juanito, los juguetes se divertían. Era un silencio grande. Todos dormían. A un lado, el armario azul (sal) se abrid, y por él saltaron los juguetes a divertirse, pues a esta hora tienen vida. Al otro lado, el pupitre de Juanito, abierto. Sobre él el cuaderno de geometría.
El señor triángulo se quejaba:
-Yo, de familia tan distinguida -decía-, nada menos que equilátero, parezco escaleno.
El señor triángulo escaleno gritó:
-¡Qué manera de insultar! ¿Es acaso una deshonra?
-No os podéis quejar, soy yo la que debo hacerlo -dijo la esfera-. Estoy muy mal dibujada, parezco aplastada, y no una bola como debe ser, ¡fijaos!, ¡sin sombras!, soy muy desgraciada.
Por el estilo hablaban los demás (jug) cuerpos geométricos. El señor libro «Geometría» se levantó, y se paseó orgulloso por el pupitre, y como es muy joven no supo hacer más que meterse el dedo en la boca, dar la vuelta a la mesa y colocarse donde estaba antes.
Su madre la Gramática le dijo:
-Anda, hijo, di lo que sabes, recita, anda.
Como es muy vergonzoso se escondió detrás de la Geografía, y recitó:
-Triángulo escaleno es el que tiene sus lados desiguales, equilátero el que...
-¡¡Cállate!! ¡No me dejas dormir! -dijo el círculo-, como vuelvas a hablar te pelo.
Las comadres esfera y circunferencia criticaban:
-Vd. no sabe. Ese círculo es insoportable. ¡Mire que regañar a un pobre niño! ¡ Es tan orgulloso!
-Pues a mi parecer, es hijo de aquella antipática pluma que lo dibujó, de vieja ha muerto en la basura. ¡Qué horrible es morir así!
-¡Y pensar que todos nosotros hemos de acabar así!
-¡Preferiría morir en el fuego!
-Así hemos de morir nosotros, como somos de papel... de todas maneras es preferible morir así que en la basura.
-Desde luego, amiga.
A todo esto se peleaban la pirámide y pentágono, éste cogió un hexágono y le pegó un pentagonazo que le hizo dar un salto.
Ante este drama, todos corrieron a donde se efectuaba la tragedia.
Los hombres murmuraban de las mujeres, y las comadres de ellos. Decía la esfera, mientras abanicaba a la señorita pirámide:
-Esos hombres son insoportables, deberían ir a parar a la basura.
La circunferencia contestó:
-Sí, amiga, sí, son insoportables. Cuando hicieron al hexágono, se sorbió toda la tinta, y para qué hablar, borracho perdido.
Y los hombres:
-Esas mujeres son idiotas; y cargantes, te toman por un tonto. ¡Que aprendan!, creo que la esfera es terrible, murmura de todos.
-Pues, ¿y esa presumida circunferencia? Es muy amiga.
-¡También está ésa buena! Nos pone a todos de oro y azul.
-La srta. Pirámide es tonta, por nada se desmaya, ¡total por un pentagonazo!
-Yo me alegro de haber sido utensilio para pegar a esa presumida.
-Lo tiene merecido.
Todo lo había oído la muñeca rubia, y todo lo arregló. Hicieron las paces, y vivieron contentos y felices.
Pasó una semana, y Juanito los dejó olvidados en un rincón.
Los pobres se apenaron mucho.
Una noche entró el duende rojo por la abierta ventana.
Venía con su varita mágica, pues a los duendes les está permitido una vez por año hacer un bien a los juguetes. Esta vez era el duendecillo rojo. Los cuerpos geométricos le contaron sus penas. El duende les hizo salir del todo, con su varita, del papel.
Luego los llevó a su casita.
Todos estaban muy contentos.
II
Una noche, todos dormían en las camas de la casa del duende cuando un ruido llenó de pánico al círculo.
Una sombra se acercaba, y éste llamó a sus compañeros, y todos se prepararon. Detrás de la sombra salieron dos más.
Entonces todos se abalanzaron sobre las tres, que eran tres duendes ladrones. Los ataron, y atados estos se despertó el duende, su mujer y sus hijos, y los llevaron a la cárcel.
Un día se acordaron de la muñeca rubia, y para agradecer¬le lo que les había hecho, pensaron en hacer algo.
Se reunieron en una mesa, y empezaron a pensar.
Entonces el hexágono tuvo una idea: le llevarían un lazo rojo, que le sentaría muy bien sobre sus rubios cabellos. Siempre lo había deseado. Y aquella noche se lo dejaron con una carta.
La muñeca se alegró tanto que estuvo a punto de dar una voltereta, y no la dio porque le daba vergüenza.
Desde entonces siempre lo lleva puesto.
Juanito se extrañó mucho al verlo a la mañana siguiente, y no se lo quitó porque le gusta mucho.
Ésta es la vida de las figuras geométricas.
Desde entonces viven en la casa del duende, y de antipáticos se han vuelto simpáticos.