Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Brian Crain-piano-music-for-studying
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“Antiguamente se sentían ganas de vivir”
Carlos Edmundo de Ory
— Lo primero que hay que hacer es no tener angustia.
Así arrancó a hablar aquel tipo con barba, con aquella cara de pelo semicanoso formando bucles desordenados hacia un lado y hacia otro, aquella baldomera pelo a lo nehandertahl, puesta en aquel rostro de cuya boca casi imperceptible salía una vocecilla de carácter ortopédico que no parecía corresponder con la globalidad visual de la cabeza, y mucho menos con el conjunto del cuerpo, un cuerpo rotundo, gordezuelo, más alto de lo normal, grandón, vestido con un blusón caqui y amarillo como el de los cantantes sudamericanos, y pantalón de pana blanca desgastado a forma de rodales, y cómo no, un hermoso par de sandalias marrones de las cuales asomaban por las puntas delanteras las falanges grotescas de cuatro dedos romos –el pequeño no se le veía– con los flecos de las uñas negroides y dis- pares.
— La condición de ustedes, nobles ciudadanos de este barrio, les da derecho según la Constitución a reivindicar y reimpulsar las oportunas mejoras y adecuaciones de infraestructura para que, a bocas como estamos del siglo XXI, puedan vivir como el resto de los ciudadanos de España. Vamos a denunciar estas carencias, vergüenza urbana de este Estado democrático y lo vamos a hacer en la prensa y en todos los otros medios de comunicación, porque gracias a nosotros, los periodistas, sigue viva la conciencia crítica del Sistema, ...
El tío aquel siguió hablando haciendo aseveraciones manuales, juntando a manera de círculo el índice y el pulgar, moviendo la mano de arriba abajo mecánica e insistentemente como si estuviera masturbando el aire. Siguió hablando subido en una caja roja de cocacolas de litro. Se le veía allí, en lo alto, sintiéndose importante, aumentando el volumen de su voz, modulando con énfasis algunas expresiones concretas que parecían gustarle en especial. Por ejemplo cuando dijo: mi libertad; y lo volvió a repetir inmediatamente: mi libertad, haciendo énfasis en la mi. También dijo de esa manera: los señores del gobierno y tres o cuatro cosas más.
Se engolfó en un discurso que ya empezaba a originar hastío. Se le veía satisfecho, hablando fluido, sintiéndose bastante trascendente en lo social, convencido de estar inventando de alguna manera el mundo para aquellos cuarenta y cinco vecinos, gente pobre y mayor, de la tercera edad, que le escuchaban como si hubieran puesto la radio o la televisión, prácticamente por educación, callados, rumiando martingalas, repasando sin fe algunas menudencias cotidianas, aunque en el fondo, un poco esperanzados, pensando que tal vez a los nueve o diez meses de aquel acto dieran luz las palabras y empezasen las zanjas para poner el agua, cementar las cuestas, hacer cuartos de aseo, ponerles un teléfono, ... algo, lo que para este tipo de gente suele denominarse “un algo a secas”, alguna paga, alguna gratitud, algún dinero. Mientras tanto, hablaba el tío aquel convencidísimo, con un look de prosodia urbana y posmoderna (quién iba a decir que seis años después por aquella boca se le saldría el hígado). Algunos imaginaban con placer la posibilidad posterior de que el barbas se les animara y les comprase algún objeto antiguo o miel o algún ramo de espliego que fabricaban a mano en el resol de las tardes para que sirvieran de ambientadores naturales de los coches. Eso pensaba la Eusebia la Tambora, que no hacía otra cosa que apalabrarse para sus adentros enseñarle al “buen hombre” aquel, cuando terminara, una plancha de hierro antigua, de aquellas a las que se le metía carbón dentro para ver si se la compraba por seis o siete mil duros, o el tío Mil Hombres, que también se apalabraba para sus adentros coger aparte al barbas y mirar a ver si le arreglaba que le devolvieran los del Ayuntamiento las perras que le había costado arreglar el tejado cuando cayó la piedra del cerro de Mayrena, ya que dijeron después algunos convecinos que eso no le correspondía pagarlo a él, es más, hubo alguno que le aconsejo lisiarse alguna parte del cuerpo y diera en decir que había sido cosa del rusco aquel y así lo indemnizarían con una gran cantidad, tanto que, a lo mejor, iba a tener hasta para biencasar a dos nietas solteras que ya empezaban a empinársele y a despuntar algo putuchas.
No paraba de hablar. Era uno de esos tipos a los que alguien en el Juicio Final debiera preguntarles:
¿Y además de hablar dime qué hiciste? Hablaba el hombre como si, aparte de respirar, lo más importante de esta vida fuese eso: hablar, así como él lo hacía con gran sabiduría y con solemnidad, no
sabiendo en el fondo que de haber tenido otro tipo de público, posiblemente le hubiesen llamado ton- taina o algo peor. Debajo de él, fumaba descandilado por el sol, de tal manera que se le acobardaban los ojos y le sacaban un abanico de arrugas en cada sien, un fotógrafo, al que aquellas circunstancias, los ojos entornados, el cigarro temblándole en los labios, las manos sujetando una cámara que le col- gaba con un teleobjetivo de gran envergadura, le conferían un aspecto cómico. Detrás estaba la asistente social, ajena, apretando contra sus pechos una carpeta de cuero negra con una pegatina que ponía PAZ y con un bolígrafo barato medio metido en la boca. Completamente ausente del discurso, acor- dándose de un polvo que le habían echado hacía dos noches.
Estaban allí todos, enquistados y quietos como en una fotografía, oyendo al barbas y mirando el reloj de vez en cuando. Antes habían hecho fotos, entrado a las cuevas, charlado con los vecinos, señalan- do como la estatua de Colón de Barcelona hacia la parte abajo del barranco, el de la barba se las había mesado varias veces, como complementariamente, como realizando un acto necesario para culminar estéticamente aquel hecho de estar todos muy, pero que muy “preocupados por la situación”. Ella, la asistente social era la más indiferente. Respondía con cierto desagrado. No le gustaba mucho estar allí restregando sus codos y sus hombros con aquellos seres casi harapientos que decían “haiga” y “cualo”; aquella mala olor, las moscas insistiéndole en los labios, el bulto de bocio del Donato, el perro viejo aquel con garrapatas tropezándole el morro en sus zapatos de ocho mil, en fin, un desastre para aquella pobre chica a la cual lo que más le gustaba de su profesión eran los manchados con leche condensada a media mañana en la cafetería de la calle Mayor, asistir a cócteles y pic nic en terraas, darle al “intro” del ordenador por ver cosas relucir en la pantalla, no costarle nada el teléfono al que se pasaba medio día enganchada charlando con otras amigas desperdigadas a su vez en otros tan- tos despachos de confusas y rimbombantes instituciones de esta España, generosa España de finales de los ochenta, cobrar la extraordinaria y parecerle poco, comprar ropa de marca, vocalizar el párrafo: “estoy haciendo un proyecto”, hacer fotocopias, muchas fotocopias, reivindicar puentes y mejoras profesionales, quejarse, muy seriamente decir que no había derecho y discrepar de políticas sociales de las cuales sólo conocía los aspectos más superficiales, quejarse militante del inconformismo social “per omnia”, ... En fin, una chica normal de clase media.
El barbas acabó, concluyó a la manera socrática diciendo:
— Ya lo saben señores, en este puto país el que no llora no mama.
Se subió los pantalones como más para arriba, así: cogiéndolos de la pared de las orillas, metiendo sus pulgares hacia dentro y tirando del conjunto, correa y tela hacia arriba. Se sintió juvenil. Dio un saltito e inmediatamente le echó un brazo por encima al fotógrafo que parecía querer largarse ya. Le dijo tres o cuatro cosas vanidosas al oído y le palmeó la espalda. La chica los seguía como formando parte de un determinado protocolo en el que ellos serían las fuerzas vivas, esas que salen en las pro- cesiones, y también les seguían los que ya dije antes y algún otro: Indalecio Pozo, proclive a dormitar en cualquier sitio, uno que le decían Juan Valdés, porque se le parecía a ese tipo que anuncia el café en la tele, Tiziano Ruíz, uno de esos viejos verdes que parecen llevar el alma en la entrepierna, Sabino Mueso, el Trompapero, que había sido futbolista y se quedó soltero y cojo para toda la vida,
... Cada uno con su tema, claro está. Supieron sin embargo despacharlos a tiempo: Nada, bien, otro día, ya vendremos por aquí, no se preocupen, la asistente social, eso a la asistente social o el Alcalde, eso al Alcalde. Y todos allí, dale que te pego por ver de sacar algo en concreto, pero no pudo ser.
El triunvirato continuó descendiendo carril abajo con el fin de llegar a donde estaba el lujo y los bue- nos bares y las gentes se les iban descolgando quedándose parados viéndoles ir con cierto desencanto, perniabierta la Tambora observando melosamente en la distancia el buen ver del fotógrafo por detrás, las líneas de la espalda y aquel culo macizo que tan bien se le adaptaba al pantalón, un hermoso pantalón vaquero que se titulaba “Cafarnaum”. Otros dos o tres se echaron a la orilla del camino y se sentaron y despatarraron allí para liarse unos cigarros y si se terciaba medio faltarles en la clandestinidad de la retaguardia y en especial al barbas por tener lo que ellos llamaban “un punto amariconao”.
Fue allí, en mitad de la cuesta, cuando Aloisio Fernández, un mozo viejo, callado y muy cabal, se quitó la gorra y la cogió con las dos manos para nerviosamente darle vueltas y vueltas a la altura de sus partes íntimas, mientras pisaba una caja vacía de pastillas Laxen Busto.
— Aloisio Fernández, para servirle a Dios y a ustés. Resulta si pue ser...
— ¿Qué le pasa a usted buen hombre? –Preguntó el barbas.
— Yo, pos que me ahogo, que tengo malo el pecho y fumo como un condenao y me ahogo por las noches. Pero lo que yo me gustaría decirle a ustedes es que a ver si pue ser que me den la paga.
— ¿No cobra usted pensión?
— No señor, yo de nunca. Yo nunca he acotizao. Yo mire usté he sio arriero y nunca he acotizao. Hasta
hace algunos meses todavía bajaba leña con dos burros que acabo de vender para la carne y me comío las perras y no quiero pedir, ni valgo pa robar y paso falta. Necesidad, ¿sabe usté?
— Hostia tú, Carolina. Aquí tienes trabajo. Haz algo por la causa. –Dijo el barbas a la asistente social que ya empezaba a agobiarse inmotivadamente.
Entonces lo de siempre. Unas cuantas preguntas, cara de circunstancias, algo de bla, bla, bla y diez minutos.
Daba lástima oírle. Ver la sinceridad aflorarle en el rostro y en las palabras, aquellos ojos del arriero llenos de mucha lástima y fatiga, aquella imagen global de hombre mal vestido que recordaba inmediatamente al Azarias de la película “Los Santos Inocentes”.
Luego, en aquella cabecita del barbas, llena de tópicos y bienestar revuelto con pragmatismo y lecturas progresistas de Rusell y otros más, se iluminó una idea: la posibilidad de llevar a aquel individuo a un programa de televisión, uno de aquellos que, pasada ya la fiebre de los concursos multimillonarios, se habían puesto de moda en toda Europa y la prensa los había ya etiquetado como los reality show. Como en cualquier otra actividad comercial, se sabía que proporcionar casos concretos y personales para esos programas reportaba pingües beneficios, una especie de comisión por correduría, en la que se podía ganar hasta quinientas mil pesetas, dependía, por supuesto, del grado de morbosidad del caso. Él ya había llevado a tres: Un ludópata alcoholizado que había ganado un concurso de poesía, una vizcondesa que se confesaba cleptómana y un niño malformado que no podía valerse de ninguna de sus extremidades miniaturizadas, lo que se llamaba antiguamente en los circos un fenómeno. Por los cuales había cobrado casi un millón de pesetas que le sirvió para dar la entrada de un bonito apartamento en Benidorm.
Pensó que aquel hombre que se ahogaba del pecho y no tenía paga ni familia, podría presentarse en un programa como el último arriero de Europa Occidental, emulando así el título de la gran novela llevada al cine: “El último mohícano”, que recientemente acababan de versionar en una superproducción americana que había obtenido tres óscar y ocupaba un lugar de honor en el ranking de ven- tas de vídeos.
Aquella idea relampagueó de pronto en su cerebro. Se sintió feliz e iluminado, inteligente, pillo, creativo, y un puñado de cualidades más. Entonces le echó un brazo por encima a Aloisio y se lo llevó con ellos calle abajo, haciendo como que lo estimaba y era su amigo y sonsacándole aspectos de su vida que pudieran ser denigrantes y sórdidos para aumentar el currículum, desvelando crueldades apetecibles para esa masa urbana de mastuerzos televisivos que esperaban cada día el pienso mediático de tragedias más tristes que las suyas, tristes vidas vacías que pesaban en sus corazones habituados a los sofás y al arroz con leche envasado al sistema E-42.
Fue así que concurrieron los cuatro en un bar con aire acondicionado. El barbas separó al hombrecillo y lo sentó en una mesa aparte, solitaria. Fue al coche y trajo un cassette pequeño que colocó en el formica húmedo de la mesa. Después le dio órdenes para que hablara a aquella cosa negra “con naturalidad”, resumiendo su vida y su situación actual en un estuche magnético de sesenta minutos. Le dejó solo. Se fue hasta la barra, y mientras Aloisio carraspeaba y dudaba, no sabiendo empezar y dándole vergüenza, el barbas se acodó cínicamente en el cinc como un senador romano, levantó satisfecho un vaso de tubo medio lleno con hielo y líquido granate, aspiro sabiamente y dijo:
— Aquí hay tomate.
* * * * * * *
— “Yo he conocío el hambre, aquella hambre de entonces cuando se aprovechaban las cáscaras de las patatas y las mujeres las hervían con tomillo, el hambre aquella de no haber na pa comer por ningún sitio, ni poder uno agenciarse comía, de mirar con los ojos agrandaos a los portales de los seño- ritos cuando colgaban de sus techos los chinos rajaos por la mitad y abiertos de par en par colgándole las sauras y la grasa caliente de las orillas, echando la olor más hermosa del mundo.
Sí, fueron años de haber poco, pero le echábamos muchos cojones repartiéndonos pan, agarrando las pocas liebres que había con los galgos en los montes del Ayuntamiento, rebuscando collejas en los ribazos, bajando por las noches a los bancales y a lo sembrao, jipando al guarda y trabajando mucho, ajorrando pinos y carrascas y trayendo las podas por las tardes a los hornos de la calle Condes, cada carga de bestia por seis reales. Me acuerdo de esperar, días antes de las Pascuas, al tío Luis Alfocea, el turronero que era tartamudo, decirnos a los críos: venga muchachos a reeeepelar la caldera.
Estábamos enteros, bregábamos sin parar y cuando nos cansábamos atábamos los burros, hacíamos lumbre y nos tumbábamos con las mantas en los suelos. Yo he trabajao mucho, mire usté, he madrugao de siempre. Toas las mañanas del mundo, al pintar el sol, ya subíamos las cuestas de los “amontaores” y pasábamos el día en el monte que es donde más agusto he estao siempre. He visto más de mil alacranes y víboras a puñaos. He conocío los míos de los arrendajos y las águilas, a las que siem-
pre he respetao y me ha gustao verlas volar. He conocío las mejores manchas de guíscanos de la comarca. En fin, que uno ha bregao lo suyo y más. Uno acababa toas las tardes sudandico y carleando, se hacían mixtos las manos, se ponían como zuros, ásperas perdías, rotas, llenas de grietas y callos casi negros y se perdía el tacto y al agarrarle las tetas a las tías no les gustaba porque las espiazabas vivas. Uno ha trabajao mucho y ha pasao sus fatigas porque nunca ha tenío donde caerse muerto y cuando mismo hemos empinao el cuerpo de zagales, ¡hala! a trabajar al monte y a la serradora de don Julián o a cavar cornijales a destajo y luego a luego a Francia y a la mili.
Uno ha trabajao mucho y nunca ha tenío na, porque la casa en que ahora vivo ni tan siguiera es mía ni está escriturá. Es una cueva que me dejó un sobrino que trabaja en Valencia en lo de la Ford. Mis padres no tenían y yo no he heredao na. Mis padres se murieron también con una mano atrás y otra delante.
Uno ha ganao pa ir tirando y comprarse ropa y ha habío que tener siempre en los patios alguna marranera y tres o cuatro conejeras de alambre pa poder ir comiendo chicha los domingos y fiestas de guardar. Uno se ha partío el alma ganándose la vida, pero al fin y al cabo ha sio hermoso porque también ha habío sus buenos ratos. Cuando acababan las escardas y hacíamos aquellas noches de ajoarriero y litros de vino y tocábamos las guitarras en las puertas y aluego tos bailando.
Tirábamos palante con nuestros entretenimientos y nuestras cosas, esas cosas que nos hacían estar vivos y gustarnos vivir. Tos los sábados truque y en las Pascuas jilay. Nos jugábamos las pocas perras que teníamos. Y alguna vez había suerte y si te daban las cartas y estabas en la buena podías guardar dinero pa los toros. En el setenta y uno, con lo que gané en las Pascuas al jilay me compré una General Eléctrica en blanco y negro que tengo todavía. También cazábamos con visco, menudas tardenoches nos dábamos de hacerlo en la sartén del caldopatatas, con su peregiega, su aceite y su suela de tocino de los zapatos viejos que tiraban. Después ya nos traía el Elías un visco de ajonge de Alicante que era mejor y echaba buena olor y enganchaba como una fiera a los colorines y los pardos. Los domingos nos íbamos a la Fuente La Teja o al campo San Juan, armábamos los ramos en los rastrojos y en las talas y cazábamos con reclamo. Esa es la caza más bonica que he visto en mi vida. Oírlos venir, ver- los como entraban a las copas de los ramos y caían con la vareta de visco cruzá detrás del ala. Luego los limpiábamos con tierra, con mucho cuidao ir quitándole el pringue de las plumas y se enjaulaban si eran nuevos y machos y si no se les daba suelta y si eran gorriones o totuvías matarlos pa comér
selos. Los pardicos de los Praos han sío siempre los mejores, enseguida se les ponía el pecho rojizo y repetían unos cantos buenos de verdad. Menudas parés de jaulas con pájaros había en toa la Calle Larga y el Carril. Menudas peleas y piques se formaban entre los alpargateros del cáñamo, que eran los más fanáticos del mundo pa eso de los pájaros.
Pues mire usté, entre coger guíscanos, jugar al truque, salir con los galgos y cazar con visco, se la hacía a uno la vida llevadera. Yo nunca he ido a una boda ni al fútbol, pero me han gustao los toros y las fiestas del pueblo, de allí abajo. Y así se pasa el mundo. Cada día levantarse uno temprano, por- que eso ya es vicio y luego te lavas, te fumas un cigarro en los carasoles con los vecinos mientras se mientan cosas y se buscan conversaciones y a media mañana almorzarse una rebaná de pan con baca- lao y tomate y un cuarto de litro de vino del porrón y echar siesta, y por la tarde igual, salir a esas puertas y platicar con la gente, luego se repantiga uno en el sillón y pone la tele y se deja engatusar por toa esa cosa de los cantes y de los tíos hablando sin parar y las películas en las que casi siempre salen las mismas caras de los mismos y las mismas personas haciendo cosas muy paecías, matando pa tener más perras y luego la policía pillarlos.
Esa es mi vida, mire usté, no es na del otro mundo, pero le tengo querencia. A mí me gusta mucho estar vivo. A lo mejor por tanto como he padeció y bregao. A los mejor porque yo nunca me he calen- tao la cabeza con que si esto, con que si lo otro, con que si la gente es tal o cual. Yo siempre he sabío que lo peor que hay en la vida es la gente. La gente es mala, mala así en general, y tos esos medio señoritos enviciados y gandules más toavía. Pero a mí eso no me asusta ni me da miedo nadie. Ahora, eso sí cada uno en su sitio y sin faltarse y el que venga pa mí, así, a las claras, me lo llevo palante. No me se ha presentao, pero si tengo que tumbar a un tío, lo tumbo y santas pascuas.
Yo, mire usted, no tengo na, no he acotizao, estoy malo del pecho, pero no me siento un desgraciao. A mi todavía me gustan las cosas y me gusta acordarme de antes. To eso que se ve desde la ventana ahora mismo, esas casas tan altas, esos casilicios de más de diez plantas, toas esas calles de ahí enfrente llenas de tiendas y semáforos toa esa parte de abajo del puente San Ginés, to eso era panizo, bancales de panizo que amarilleaban en septiembre, bancales en los que había sus buenas balsas de agua.
¡Válgame la hostia qué balsas de agua había! Eso sí era hermosura. A mí to aquello me gusta pensármelo ahora y hablarlo con el Alderete y los más zagales que no lo han conocío y preguntan y ponen atención pa que les cuentes.
Me acuerdo también y lo echo mucho de menos, del beber de los burros con ese ruido agonioso que les sale del tragalar. Cómo me gustaba aparearlos en medio de las eras, cruzarlos con las yeguas para que salieran buenos mulos romos. Entonces si había sol, un sol brillando ahí, en la mitad del cielo, en lo alto el cielo, un cielo lleno de chamarises y palomas. Tengo de to aquello un recuerdo muy hermoso abierto como un pan en mi memoria. Ah!, sombra de las higueras y los álamos, ruido de las aciecas en verano, olor de los romeros y los trigos, cobertizos calientes llenos de copas de maíz y alfal- fas secas!
Me acuerdo de lavarnos en las puertas, sacar las zafas a las baldosas y lavarnos despacio en camiseta, hablando en los crepúsculos de abril de las hernias y de las escarchas, de años buenos y grandes, de sucesos y bromas y chistes de las suegras... Cómo me acuerdo de aquel gusto en la boca, de aquellos minchirones con limón que nos hacía la Tomasa, de to aquel hervir de ser jóvenes y tiesos y de mover los labios para nombrar las cosas.
¡Cago en la leche! daba yo cualquier cosa por volver a tener aquella edad. Hoy la gente es de otra manera. Vive más alocá y vive menos. Hay menos esforzarse por las cosas. Hoy la gente ya no nos conformamos con na. Arrastra mucho el ansia y se ponen malos de los nervios. Otros se ponen pronto secos y pajizos y se mueren de derrepentes, muertes de esas de golpe que vienen y te has muerto sin enterarte. Y es que ya somos muchos y el diablo sopla y trae los derrepentes.
Yo nunca he temío a na. Sé que cuando a uno le llega la hora, pos la ha llegao y si se le abre una vena en cualquier sitio o se le infla el estómago o se le para una víscera de dentro es porque ya le ha tocao morirse, es que le ha llegao la hora, aunque también están toas esas cosas juntas que lo matan a uno más pronto cuando se lleva mala vida o se endrogan. También están los cánceres, pero eso es de la célula, eso ya va dentro y se foga en el cuerpo en cuatro días.
Yo, como digo, no tengo miedo a las enfermedades, ni he sido nunca cobarde, he rejuntao en la mano un puñao de salamandras y hasta alacranes con el quisque capao, y no me ha dao miedo. Lo que sí he respetao ha sío esa color bermeja que les da a los que se van a morir pronto y la llevan en la cara tres o cuatro meses como si tal cosa. A eso le he tenío yo repeluz. Pero no le encuentro la punta a tanta queja como hay ahora de gente que no tiene na y está siempre sentá en los ambulatorios, a mí esa olor de los hospitales y los médicos me ha volcao de espaldas. Es una peste poco sana y luego la gente allí con apostemas en medio de la cara o bultos en las orillas de los quijales.
¿Y la mar? La mar es muy hermosa. Yo la he visto dos veces, toa esa agua allí en la calle pareciendo no tener fin. (Carraspeó. Sacó un cigarro. Se restregó la parte superior de mano por la boca. Se limpió la saliva de las comisuras de los labios. Pensó un poco y luego prosiguió) Ahora tengo el perro malo y me duelen los hombros por las noches. Pero no me quejo de na. Yo siempre lo he aceptao to tajo parejo, porque yo he sío legal y porque fuimos criaos en el temor de Dios y de la Guardia Civil. Tengo dentadura postiza y me duele al mascar. No tengo a nadie que lo pueda hacer conmigo si me baldo algún día y ya no me empino de la cama. (Hizo varias pausas. Escupió tres veces al suelo. Empezaba a dudar. Le costaba trabajo seguir hilan- do cosas. No sabía que decir. Pero aún continuó desperdigadamente) Antes había un respeto... Gasto bicarbonato y tengo rescolderas...”.
* * * * * * * * *
Luego de hablar el hombre y haberse saciado de tapas y vermú los otros tres, le hicieron unas fotos y el barbas le entregó cinco mil duros en señal de lo que iba a ser, así se lo dijo, “una interviú televisiva de ámbito nacional”, en la que una señorita acicalada y pulcra y un poco microcéfala y narizona, le iba a entrevistar para toda España y la posteridad. Apretaron las manos de aquella especie de hombre en extinción, le hicieron promesas de arreglarle los papeles con efectos retroactivos y tal y tal y tal. La chica escribió con una bonita letra cursiva el nombre y la dirección para estar en contacto. El barbas se guardó en una mariconera azul marino la cinta de cassette y un papel con el nombre y los teléfonos pertinentes de la asistente social. Pagaron en la barra y dejaron sesenta pesetas de propina y después diluyéronse. El arriero despacio, cabizbajo y cansado, volviendo por las cuestas a su humil- de y triste domicilio. La chica hacia la casa de sus padres, donde vivía bajo los mimos, las atenciones y la sobreprotección de un papaíto nazi y una perfecta mamá burguesa que no conocían otra forma de amarla que no fuera mimarla y consentirla, aceptar sus caprichos y sus dosis intensas de egoísmo y desdén; hacia una casa a la cual llegaría para inmediatamente descalzarse, arrojar el portafolios, el bolso y el bolígrafo encima de una cama cualquiera para después sentarse en el sofá a esperar la comida y decir convencida: vengo agotada, como si el simple hecho de existir la hubiese demolido. Los periodistas, agraciados por la casualidad y el azar, eructaron a la vez, como sincronizados, y entonces
sonrieron, luego subieron a un descapotable barato y, seguros de sí mismos, partieron satisfechos hacia Madrid, donde inmediatamente rellenarían los impresos correspondientes para cobrar las dietas, se darían una buena ducha y por la noche tomarían bebidas largas en el mismo puticlub de siempre. Pasaron los días. Discurrieron las aguas de los días, de esos días amarillos, eclécticos, llenos de ruidos y vacíos de sentido que tanto hay en las ciudades, y de los otros también, esos días quietos, calmos y granates, que tanto hay en los pueblos y en las aldeas. Fueron días de julio, calor, palabras, moscas, conversaciones muertas sobre cómo somos y lo mal que está todo. Días sin importancia, ni suerte, ni alegría.
Aloisio Fernández esperaba, esperaba en las puertas pacientemente, algo mosqueado a veces y escamado, atosigado por las molestias de un enfisema pulmonar y la hipertensión arterial congénita de la que no había hecho caso nunca. Esperaba a veces casi con dolor el advenimiento de un algo favorable, de un algo que llegó una mañana encarnado en la forma tangible de un cuerpo femenino vestido con una hermosísima minifalda rosa y un jersey escotado color césped. Era la asistente social que le traía instrucciones, doce mil pesetas, un billete de tren y una dirección anotada en el dorso de un pros- pecto de anticonceptivos, haciéndole con ello un favor al barbas periodista que ya había negociado y determinado con una cadena televisiva la concurrencia de Aloisio Fernández como “el Ultimo arriero de Europa Occidental” en un programa semanal de máxima audiencia por el que había cobrado ya trescientas ochenta mil pesetas y Aloisio recibiría ciento cuarenta mil. La chica le explicó, aderezó con palabras melosas un párrafo didáctico que incluía algunos consejos, tenga usted cuidado, esté usted a su hora, miré bien al cruzar, póngase lo más nuevo, ... El pobre hombre asintió, recibió los sonidos guturales de la chica sin hacer mucho esfuerzo por reternerlos. Titubeó. Quiso luego decir no y se fue al grano, a lo que más le interesaba:
— ¿Qué hay de lo mío? ¿Me van a dar la paga? Tengo necesidad, ¿sabe usted?
— Todo eso está en gestión. Hay trámites. Ya se arreglará, no se preocupe.
Sin embargo, el expediente descansaba aún y por mucho tiempo después, en un poyo de mármol del negociado municipal de Pensiones No Contributivas.
La chica insistió en lo positivo de hacer aquel viaje que no parecía agradarle mucho al arriero. Le habló bien de Madrid y de la tele, enumeró ventajas, aspectos positivos de ser casi famoso, mencionó abstracciones: conciencia, denuncia social, preocupación cívica... construyó un discursito del que
rato después se sintió satisfecha. Repitió instrucciones, se despidió. Quiso palmear al irse los hombros de Aloisio, pero un acto reflejo escrupuloso la inhibió de realizar un gesto que le pudiese haber ensuciado un poco la mano. Luego se largó y volvió la cabeza para decir la cursilada: ¡Qué guapo saldrá usted! Lo grabaré en mi vídeo. El hombre quedó allí, con las manos ocupadas por el dinero, el papel y los billetes. Decepcionado e indeciso. Igual de solo que siempre pero más desolado e inseguro que nunca. Tres mañanas después se lavó bien, se puso ropa limpia, ropa de los domingos. Se atizó medio vaso de aguardiente. No dijo nada a nadie y se fue caminando hasta el tren de las doce.
Fue así que por primera vez aquellas piernas suyas pisaban el suelo de la Capital de España, Madrid, una ciudad que había sonado siempre en su cabeza con un cierto respeto y de la cual se había hecho una determinada imagen involuntaria que no empezaba a corresponder con aquellos suburbios llenos de chabolas, grafitis, grúas herrumbradas, construcciones de cemento visto y cables de alta tensión que iba divisando desde el tren.
No llevaba equipaje. Iba con lo puesto. Caminaba en zig zag mirando todo, aturdido por su decrepitud y el cansancio del viaje. receloso al principio ante las escaleras mecánicas para los pasajeros que hay en le Estación de Chamartín, delante de las cuales se detuvo un ratito como un hombre delante de una fiera o de un animal que no conoce. No se atrevía a subirlas, hasta que se quedó solo y en un arrebato de audacia se decidió a tomarlas subiendo superfluamente los peldaños, no estándose quieto porque no quiso dejarse transportar como si fuese un bulto.
Tomó uno de esos taxis frenéticos que van parando en la puerta y recogiendo viajeros como si fuesen los cangilones de una noria. Le entregó el prospecto al taxista y no hablo nada, sólo miraba aquel ir y venir de coches y personas, los rascacielos, los enormes letreros de la publicidad llenos de logotipos y anagramas y jóvenes modelos sonriendo, algunos mostrando casi con malicia unos dientes blanquísimos, irreales; las prostitutas enseñando sus piernas y sus escotes en la Castellana, votivas y accesibles, jóvenes drogadas que con tristeza se exponían a los lados de la acera en las inmediaciones de Cuzco, algunas en pleno asfalto con un descaro insólito para él, no supo lo que eran, qué hacían allí insolentemente paradas enseñando unos muslos como los que jamás había podido tocar ni acariciar. Se dejó conducir en silencio sin mediar palabra alguna con aquel ensimismado taxista a cuya mujer le habían diagnosticado el día anterior un tumor de matriz. No tuvo suerte en eso, otras veces los taxistas te miman, te explican, te preguntan, dan consejos y orientan la llegada a aquella urbe indiferente y titánica que parecía esperarle con la boca abierta.
El taxista le dejó en la puerta de un gran edificio negro con ventanas de cristal ahumado en las cuales se reflejaba el cielo de una manera clónica y exangüe. Allí esperaba el barbas que le abrazó con euforia y le habló con una especie de ternura artificial, precipitadamente, conduciéndole de un lado para otro, como si condujese con prisa el carrillo metálico de un supermercado. Llegaron a una puerta que decía: “Producción”. Se detuvieron y esperaron un rato sentados en un sofá de scay que había en el pasillo. El barbas impaciente, con ganas de acabar y dejar zanjado aquello. Salió una chica, le llamó por sus apellidos, señor de la Concha, y el barbas se empinó para oírle decir que quedaba suprimida para la próxima semana la entrevista del arriero. Discutieron, hubo cierta tensión entre ambos y un pez gordo de dentro asomó su cabeza y le indicó que entrase. Le comunicó que el reportaje había sido sustituido por otro caso de más actualidad y envergadura: una muchacha oriental llamada Cristina Liu a la cual la mafia china le había vaciado los ojos el mes pasado. Acababa de ofrecer el caso aquella misma mañana un periodista de una famosa revista del corazón. Los criterios de emisión son los criterios de emisión, dijo finalmente el hombre importante al barbas, y éste, no tuvo más reme- dio que asentir. Luego le explicó a Aloisio, intentó disculparse, le dio diez mil pesetas, le dijo que volviera a su ciudad hasta el miércoles próximo, le estrechó la mano y se fue andando calle abajo. Tenía prisa y silbaba.
El hombre enmudeció. Sacó tabaco, se colocó un cigarro en la comisura derecha del labio, lo encendió sin fruición, miró despacio a un lado y hacia otro y se sintió extranjero y vacío, extraño, sin identidad, sin provenir, herido por la vida, habitante lacónico de un paisaje de nadie, y con el paso lento de los derrotados caminó calle arriba de una manera autista y cadenciosa. La atmósfera tenía como un denso color de gabardina. Le apetecía beber, nublar con algo de alcohol aquel contexto interno tan desolado y raro, tan inaudito y lleno de tristeza. Anochecía y entró a un barecillo oscuro y estrechísimo, pidió anís y coñá, un sol y sombra, y bebió a grandes tragos hasta siete. Miró de golpe su rostro reflejarse en un espejo detrás de la barra, ocupando cruelmente toda la pared de enfrente, y se vio a sí mismo como un desconocido, se le agolpó su vida como un acto vacío, un acto triste y definitivo que había empezado setenta y cuatro años atrás y parecía acabarse allí, en el interior de aquel espejo bañado con luz roja y tenebrosa. Quiso escaparse de algo que no sabía qué era. Abonó la cuenta, salió a la calle y ofreció su cuerpo a la atmósfera, nocturna ya, de una noche prosaica que apenas percibía, y se sintió mal, congestionado, vencido por un agudo dolor que le nacía en el pecho y que crecía desparramándose hacia los costados y los brazos. Sintió náuseas, ganas de vomitar su vida en un espasmo, presión en el cerebro, vértigo en el estómago, flojedad en las piernas y sin pedir socorro ni emitir una queja, se introdujo tambaleándose en un pequeño parque, se adentró en los jardines y se dejó caer debajo de una adelfa.
El pecho le quería reventar y él miraba sus manos buscando paz en ellas y sosiego. Se fijó como nunca en la nicotina enquistada en las primeras falanges de unos dedos viejísimos y rudos. Luego apretó muchísimo el dolor y derrumbó de golpe la cabeza contra el suelo, como una marioneta al soltársele un último hilo que le diese turgencia. Y allí se quedó inerte, vestido de otro tiempo y muerto, un des- pojo heteróclito en la sáxea soledad de un suelo público y la gente pasando, yendo y viniendo deprisa de un lado para otro, algunos mirando aquel cuerpo tendido con un cierto rictus de desprecio, con- fundiéndole tal vez con un borracho. Nadie se le acercó, sólo una pareja de cabezas rapadas, siete horas más tarde, en plena madrugada, se rieron de aquello y orinaron encima.
Allí estuvo su cuerpo un día y medio más frente a un gran muro sucio en el cual alguien había escrito con unas letras grandes e impecables: “Si Dios existe, ese es su problema”.