El ave feliz no es un poema sobre un ave.
Es un poema sobre nosotros.
Sobre las jaulas que no se ven,
los alambres que llamamos seguridad,
los espejos que creemos mundo,
y la voz interior que nos enseña a conformarnos.
Este episodio es una alegoría de la comodidad,
de la felicidad aprendida,
del miedo a romper lo conocido
y del deseo silencioso de libertad.
Aquí el ave canta, duerme, ama…
pero también duda, se rebela, grita
y descubre que muchas prisiones
no tienen barrotes:
tienen costumbre.