"No te levantas de la mesa hasta que termines tu plato", "Si no comes, no hay postre", "Cómetelo todo para ser fuerte", "Lo hice para ti"...
Aunque parecían frases inocentes, nos enseñaron a ignorar las señales naturales de hambre y saciedad. Estas ideas nos fueron desconectando de nuestro cuerpo, asociando la comida con recompensas o castigos, y estableciendo una relación basada en la obligación o la culpa.
Ahora, de adultos, estos patrones siguen presentes. Puede que sintamos que debemos terminar el plato aunque ya estemos satisfechos, o que ciertos alimentos son "malos" y otros "buenos", lo que crea una relación tensa con la comida y con nuestro propio cuerpo. Estas ideas no solo afectan nuestra alimentación, sino también cómo nos percibimos y valoramos a nosotros mismos.
Sanar esta relación implica darnos cuenta de cómo estas creencias influencian nuestros hábitos actuales. Podemos comenzar por observar nuestros pensamientos y comportamientos hacia la comida: ¿nos estamos obligando a comer sin hambre?, ¿estamos buscando consuelo en ciertos alimentos?, ¿sentimos culpa al disfrutar de algo?
Empecemos a reemplazar el control y la culpa con el respeto y el cuidado hacia nuestro cuerpo. Podemos re-aprender a escuchar lo que realmente necesitamos, a nutrirnos con amor, y a disfrutar de cada alimento sin prejuicios. A fin de cuentas, sanar nuestra relación con la comida es también sanar nuestra relación con nosotros mismos.