Hoy hablo de cómo hemos llegado a un punto en el que se llama “facha” o “fascista” a cualquier cosa que no nos gusta, y eso es un problema enorme. Cuando un término tan grave se usa como insulto genérico, pierde fuerza, pierde precisión y pierde la capacidad de señalar lo que realmente importa.
El resultado es una banalización total: si todo es fascismo, entonces nada lo es. Y mientras nos entretenemos lanzando etiquetas vacías, dejamos de ver —o de querer ver— los comportamientos realmente autoritarios que pueden aparecer en nuestro entorno, en nuestras instituciones o incluso en nuestras propias actitudes.
Lo más irónico es que esta inflación del término no ayuda a combatir nada. Al contrario: genera ruido, polarización y una especie de ceguera colectiva. Se usa la palabra como arma arrojadiza, como muletilla, como comodín para descalificar, pero no como herramienta para analizar ni para entender.
Y así, mientras algunos se dedican a repartir etiquetas sin pensar, pasan desapercibidas las dinámicas que sí deberían preocuparnos: la intolerancia real, la censura, el autoritarismo cotidiano, la falta de diálogo, la imposición de ideas, el desprecio por la diversidad o la manipulación del discurso público.
En resumen: cuando convertimos “fascista” en un insulto automático, dejamos de detectar lo verdaderamente peligroso. Y eso, más que un error, es una irresponsabilidad.