Hoy quiero hablar de algo que va más allá de la actualidad inmediata. No se trata solo de posicionarse ante esta guerra concreta, sino de asumir una postura ética más amplia: estar en contra de todas las guerras.
Porque cada conflicto —da igual el país, la bandera o la narrativa que lo envuelva— deja siempre el mismo rastro: vidas rotas, familias desplazadas, generaciones marcadas por un trauma que no eligieron. Y cuando uno entiende eso, cuando mira más allá del ruido político y de las justificaciones de turno, descubre que no hay guerras “necesarias”, “inevitables” o “limpias”. Solo hay sufrimiento.