Durante diez años Jorge Eduardo Burgos, hijo de una acaudalada familia, y Alcira Methyger, empleada doméstica, mantuvieron una tormentosa, inconstante y casta historia de amor, hasta que en la noche del 17 de febrero de 1955, a solas en la casa de sus padres y consciente de que había fracasado otra vez en su intención de hacerle el amor a Alcira, le descubrió una carta enviada por un tal Pascual. Fue suficiente para que se trenzaran en una gresca de la que él terminó con un dedo desgarrado por un mordisco y ella muerta por asfixia. Entonces, llevó el cadáver a la bañera, lo descuartizó y luego fue dejando los pedazos por medio Buenos Aires. “Un día estaba toda cariñosa y sumisa y al otro me ofendía sin ningún motivo”, escribió Jorge Eduardo alguna lejana vez.