Rafael Yuste ganó en el 2018 el Premio Eliasson, otorgado por la Fundación Tällberg (Suecia), por su liderazgo en la exploración de las consecuencias éticas que emergen de la confluencia entre la neurotecnología y la inteligencia artificial.
Yuste integra un grupo de veinticinco expertos de la ciencia, la medicina, la bioética y el derecho, entre otras instituciones, que vienen trabajando para que los neuroderechos sean incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Los neuroderechos son cinco: 1) La privacidad mental, para que el contenido de la mente y el cerebro no pueda ser extraído o descifrado. 2) La identidad personal, para que en caso de que se conecte un ser humano a la red no pierda su propia identidad. 3) El libre albedrío, para que las personas mantengan su capacidad de decisión. 4) La igualdad de aumentación, para que las técnicas para aumentación cognitiva no sean aplicadas por razones económicas, políticas o sociales, sino por razones médicas a las personas que lo necesiten. Y el quinto neuroderecho refiere a la prohibición contra los sesgos, ya que los algoritmos de inteligencia artificial tienen sesgos y si una persona es conectada a la red, se corre el riesgo de que ingresen a su cerebro sin que esta lo sepa.
“Es posible que estas técnicas se puedan utilizar en personas que no sean pacientes, y en ese caso hasta puede cambiar la definición de lo que es un ser humano. Podemos imaginarnos —y yo creo que ocurrirá— que los seres humanos estarán aumentados por dispositivos electrónicos, por ejemplo, de inteligencia artificial. Al estar conectados a la red, podrán utilizar en su cerebro algoritmos y bases de datos que vengan de afuera, y eso va a generar un aumento cognitivo de la especie humana, pudiendo alterar las bases fundamentales de lo que es una persona. Por eso nosotros proponemos que se ponga al día la definición de ser humano capturada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se incluyan estos neuroderechos”, remarcó.
“Estamos hablando de un futuro que no veo tan lejano, porque estas prótesis que se están desarrollando, por ejemplo, para el proyecto Brain, para medir la actividad cerebral de pacientes, se pueden utilizar también para conectar a las personas a la red, y se puede hacerlo a través de una interfaz. Si la información que viene de la red es toda sesgada, en vez de lanzar la humanidad hacia al futuro la estaremos llevando hacia el pasado”, reflexionó.