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Al reconocer que Dios habita en nosotros, debemos también reflejar ese amor hacia los demás. Déjame hacerte esta pregunta, ¿Has pensado cómo podemos ser portadores de su amor en nuestras acciones diarias?
Llevar las cargas de otros no solo es un acto de compasión, sino también una manifestación del amor de Cristo en nosotros. Al hacerlo, cumplimos la ley de Cristo, que nos llama a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Dios nos ha llamado o estamos siendo llamados para dar a conocer a todo pueblo y nación el gran mensaje de salvación que es en Cristo Jesús nuestro Redentor.
Cuando somos obedientes podemos experimentar la bendición de Dios, aunque muchas veces se nos hace difícil obedecer pues no entendemos o deseamos hacer lo que Dios nos pide.
Temer significa reconocer quien es Dios, su poder, su soberanía y el hecho que no hay nada imposible para el. Y lo segundo es entonces poner nuestros ojos en Dios en vez del problema o enemigo.
Esta promesa nos brinda consuelo, sabiendo que no estamos solos en nuestras batallas. Nos asegura que Dios no está distante ni indiferente a nuestras luchas, sino que está atento a nuestras necesidades y oraciones.
Cuando renovamos nuestra mente, ganamos claridad y discernimiento. Comenzamos a ver el mundo a través de los ojos de Dios y a comprender su voluntad para nuestras vidas.
Los planes de Dios para nosotros no se limitan a nuestras circunstancias inmediatas, sino que están entretejidos en un tapiz más grande de Su amor y Su gracia. Él desea bendecirnos y no necesariamente en términos materiales, sino en crecimiento espiritual, desarrollo del carácter y una relación más profunda con Él.
A medida que confiamos en sus promesas y nos apoyamos en su fuerza, comenzamos a ver el fruto que el Espíritu de Dios produce en nuestras vidas cada día mas.
Podemos buscarlo en oración y expresarle lo que estamos experimentando y pedirle que nos de paz, que nos de fortaleza y nos de dirección para saber que debemos hacer.
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