Recuerdo un frío día de otoño en mi adolescencia. Estaba esperando el autobús que me llevaba del colegio a casa. De repente, una chica empezó a burlarse de mis pantalones anticuados. Tenía razón en que estaban fuera de moda, pues mis hermanos ya los habían usado antes que yo. No obstante, el desprecio de la chica me avergonzaba y le contesté unas palabras ásperas e hirientes.
El bullying —una palabra en inglés que define diferentes formas de acoso— es un fenómeno que se ve por todas partes: en el colegio, en el trabajo, en plena calle e incluso en las iglesias. Muchos hemos sido heridos; y también hemos herido a otros. Aunque nadie quiere ser víctima del bullying, parece que todos de una u otra forma lo practican. ¿Qué razón tenía, por ejemplo, aquella chica, que ni siquiera me conocía, de hacerme sentir mal ante los demás? ¿Y qué razón tenía yo para decirle malas palabras?
En esta edición de «Mensaje de Paz» reflexionamos —observando el ejemplo de un personaje bíblico (lee su historia en la Biblia, Lucas 19:1-10)— sobre el origen del bullying, sus consecuencias y la solución de este problema.