Jueves 09/Marzo/2023
Devocional Mi tiempo con Dios
En Sus manos lo que es
Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Juan 11:21
Cuando Jesús llegó a Betania la primera persona que salió a su encuentro fue Marta. No sabemos si existió en sus palabras un reproche hacia el Señor. Pero sí muestran que Marta había entrado en esa espiral sin salida que todos recorremos en tiempos de profunda crisis.
Se trata de ese proceso mental en el que, una y otra vez, especulamos acerca de lo diferente que habría sido el presente si tal o cual situación del pasado no hubiera ocurrido. El lamento de Marta era aún más intenso porque sus palabras eran cien por ciento acertadas. Si Jesús hubiera estado presente en el momento de la enfermedad de Lázaro no cabe duda alguna que lo podría haber sanado. No era esta una expresión profunda de fe por parte de Marta, sino la conclusión lógica de quien sabía que Jesús había sanado a cientos a lo largo y ancho del país.
Marta no estaba sola en su lamento. Cuando María llegó, esgrimió exactamente la misma frase: «Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.» (v. 32). Los judíos que acompañaban a las hermanas pensaban de igual manera: «¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? » (v. 37).
La tentación de volver la mirada hacia el pasado y hundirse en especulaciones poco útiles es universal. Los israelitas volvieron, una y otra vez, los ojos hacia Egipto cuando las circunstancias en el desierto se volvían desfavorables. Lo mismo sucedió con Josué cuando su entusiasmo lo llevó a atacar la ciudad de Hai sin consultar al Señor (Josué 7). Ante la inesperada derrota que sufrieron sus hombres, la asombrosa victoria lograda en Jericó pasó al olvido y Josué quedó atrapado en un inútil lamento: ¿para qué se le había ocurrido cruzar el río Jordán? Aun Cristo, en Getsemaní, preguntó al Padre si no existiría algún otro camino que no fuera el de la cruz. No obstante, afirmó su absoluta disposición de sujetar su mente, su espíritu, sus emociones y aun su integridad física a la voluntad de Dios.
En esta última decisión de Jesús encontramos la clave para superar los momentos más duros de la vida. La palabra que mejor describe esta actitud es rendirse a Dios. El que ha escogido rendirse a Él ha decidido dejar de luchar por sus propias fuerzas.
No hay lamento que pueda cambiar la dura realidad que nos toca vivir. Pero nosotros sí podemos cambiar, y poner todas nuestras angustias ante aquel que todo lo conoce. Haciendo esto, de un estado de angustia y agitación pasaremos a la quietud que nos permitirá declarar: «Bendito Dios, todo está en tus manos. Me rindo ante tu soberana majestad»
Oración diaria: Señor, que mi realidad, por dura que sea, no empañe la bendición de Tu presencia en mi vida, ni me haga olvidar que Tu voluntad es de bienestar, paz y consuelo, para todos aquellos que te siguen con fidelidad.