Todo el mundo imagina la joroba del dromedario como una cantimplora gigante escondida bajo el pelaje. Es una imagen muy lógica: un animal del desierto, un bulto enorme en el lomo, se asume que ahí dentro hay agua. Pero no hay ni una gota. La joroba está rellena de grasa pura, hasta 36 kilos en un adulto, y esa grasa cumple una función todavía más inteligente que almacenar agua directamente: cuando el cuerpo la quema para obtener energía, el propio proceso químico produce agua como subproducto. Es una fábrica de agua interna que funciona sola. Y cuando las reservas se agotan, la joroba no desaparece sino que se dobla y se aplana, como un globo desinflado, dejando ver desde fuera exactamente cuánta energía le queda al animal. La naturaleza, en este caso, es bastante más ingeniosa que el mito.