El mundo está enojado. En algunos casos creemos saber las razones: en Estados Unidos, por ejemplo, la base social de Trump —en su mayoría trabajadores blancos afectados por la globalización— reclama el retorno de su preeminencia étnica y religiosa, y la de Biden —compuesta en buena medida por afroamericanos y otras minorías víctimas de racismo y discriminación— se queja de que su país no les pertenece. En otros, sin embargo, las causas son menos claras. Y es que en casi todo el planeta pulula gente irritada que toma las calles para protestar. Se trata de un fenómeno multifactorial —uno, creo yo— cuyos comunes denominadores son difíciles de encontrar.