Todavía es pronto para concluir que la reducción de homicidios se está traduciendo en una transformación de la seguridad. La sensación contraria está profundamente arraigada en todos los estratos sociales, lo que está reflejado en ese escepticismo. La presidenta quiere presumir rumbo a la elección intermedia que sí logró, como prometió, reducir los homicidios a la mitad. El talón de Aquiles de su estrategia es que no hay fortaleza institucional para que desde los estados haya contención de los delitos. Además, corre un riesgo político: si García Harfuch sigue siendo una figura central, cada fracaso de seguridad puede terminar leyéndose como “falló Harfuch” y, en consecuencia, en “falló Sheinbaum”, así las responsabilidades también sean de los estados, los municipios o las fiscalías. En el modelo de Sheinbaum falta incorporar que las experiencias regionales incluyen a la comunidad y al empresariado.