El domingo pasado escuchamos cómo la multitud, enferma y hambrienta, había tocado el corazón de Jesús, llevándolo a posponer su propósito de «retirarse a un lugar desierto, apartado». Ahora, después de haber alimentado y despedido a la multitud, Jesús puede finalmente quedarse a solas con el Padre, en el monte, en oración durante largas horas de la noche. Pero, en su ausencia, la barca en la que se encuentran los discípulos, ya mar adentro, tiene que enfrentarse a las dificultades provocadas por el viento contrario.