Hay un choque de perspectivas y de expectativas… y nosotros nunca dejaremos de aprender.«Pero había en mi corazón como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jer 20,9).La llamada “confesión” de Jeremías, que encontramos en la primera lectura, nos prepara para la respuesta impulsiva de Pedro en el Evangelio. Jeremías, como tantos profetas, como Pedro y como todo discípulo, muestra la lucha consigo mismo, entre la experiencia ardiente de Dios en lo más íntimo y una realidad que parece contradecir la misma promesa de la alianza.Es el choque entre aquel “fuego” que arde en los huesos y que no se puede contener, que quisiéramos anunciar con la misma fuerza con la que arde, y el “susurro” del paso de Dios por una vida cotidiana contradictoria, donde hay rechazo en lugar de acogida… una fragilidad que nos desconcierta.