En el corazón de Bogotá, dentro de los muros de un colegio de profunda raigambre histórica, una leyenda escalofriante cobra vida: la aparición de un aterrador fantasma monacal. Se trata del espíritu atormentado de una monja que falleció trágicamente hace muchos años, víctima de un castigo ejemplar. Su falta fue de amor, pues se atrevió a enamorarse, rompiendo con la más estricta de las prohibiciones impuestas por su orden.
Desde aquel fatídico día, su espíritu desdichado no ha encontrado paz. Se dice que el fantasma se manifiesta principalmente durante la noche, dedicándose a aterrorizar y repeler a aquellos curiosos o intrusos que intentan profanar el silencio de los claustros al caer el sol. Quienes han tenido el infortunio de cruzar su camino relatan el avistamiento de una figura espectral que recorre los largos pasillos, profiriendo lamentos o susurros ininteligibles, como una eterna búsqueda de aquel amor perdido que la condenó.
Este espectro, que vaga por los salones vacíos y las antiguas bibliotecas, se ha convertido en la guardiana sombría del colegio, un recordatorio perpetuo de que incluso la prohibición más sagrada puede ser rota por un sentimiento tan humano.