Levítico 19 es como un mosaico de santidad en lo cotidiano. No se queda en altar y sacrificios: se mete a la casa, al trabajo, al mercado, a la lengua, a la justicia, al trato del prójimo. El capítulo empieza con una frase que lo sostiene todo: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”. Y desde ahí baja a mandatos que parecen simples, pero construyen una comunidad distinta: honrar a los padres, dejar espigas para el pobre, no robar, no mentir, no oprimir al jornalero, no maldecir al sordo, no poner tropiezo al ciego, juzgar con justicia, no chismear, no vengarse… y en medio de todo, una línea que atraviesa la Biblia: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.